Victor Jara

Hay músicos que sólo aman la música y músicos que aman a su pueblo
Victor Jara

En 1983 en plena dictadura uruguaya y chilena, llegó a mis manos en carácter de préstamo el libro Un canto truncado, sobre Victor Jara, de Joan Jara. Debo confesar que nunca devolví el libro. El mismo llegó de una funcionaria del SODRE que conocí mientras realizaba un programa de radio. En aquel tiempo circular por la calle con esas 268 páginas era todo un riesgo. En estos años transcurridos, he regresado varias veces a sus hoy amarillentas hojas, a la serena narración de Joan.

Antes de finalizar el siglo pasado se editó en formato dvd el documental El Derecho de vivir en paz, con dirección de Carmen Luz Parot. El 3 y 4 de setiembre del '99, quince mil personas lo presenciaron en el Estadio Chile de Santiago, lugar donde Victor Jara y Littré Quiroga fueron torturados y asesinados, junto a otros chilenos que aún permaneces como Detenidos Desaparecidos. La dictadura chilena, como también otras de la región, intentaron silenciar las voces que son parte de nuestras raíces.

aldo novick

 

Cuenta la Fundación Victor Jara que el pueblo chileno fue el primero en sacar a Victor de la clandestinidad. En los años ochenta se dieron los primeros pasos para el rescate público de la obra de Victor; el programa radial de Miguel Davagnino emitía por primera vez en dictadura su música, el sello Alerce de Ricardo Garcia editaba sus discos, y espacios donde había presencia del arte popular chileno, como el Café del Cerro, El Trolley o Matucana. La Fundación Víctor Jara se creó en Santiago de Chile en el año 1993. Como institución mantiene viva la obra de Victor Jara, la memoria colectiva que han intentado borrar.

Hablar de la vida y la obra de Victor Jara, es también hablar de Joan Jara; pero dejemos al propio Victor hablar de ella:

“...se llama Joan Turner, es inglesa…es lo mejor que me ha ocurrido en la vida: rubia, alta, delgada, ojos azules: es preciosa, yo la encuentro preciosa. Es bailarina, profesora de ballet y coreógrafa. El matrimonio es la cosa más maravillosa del mundo…Cuando dos seres humanos se aceptan como son y se integran totalmente. Pero es difícil, sí, es difícil. Estamos tan llenos de temores y de angustias. Nos han hecho así, listos para defendernos y para creer que siempre tenemos la razón. A pesar de todo Joan y yo somos muy felices. Es mi primer y último matrimonio. Tenemos dos hijas Manuela y Amanda, por las que confieso total y absoluta debilidad...”

 

Joan Jara


Víctor Jara nació el 28 de setiembre de 1932. Con sus padres vivían muy cerca de un pueblito que se llama Quiriquina, a doce kilómetros de Chillán Viejo. Victor recuerda y repasa aquellos años de infancia junto a su familia:

“Éramos seis hermanos y muy pobres. Cuando comíamos carne era una fiesta. Mi padre era analfabeto y no quería que nosotros fuéramos al colegio para que pudiéramos ayudarle, y así desde los seis o siete años íbamos a trabajar con él al campo.

Pero mi mamá sabía leer algo; insistió para que por lo menos aprendiéramos las letras. Mi mamá era cantora y cada vez que tenía que ir a alegrar una fiesta o un velorio, allá partía con el más chico de los seis, que era yo.”
La relación de sus padres se fue poniendo tensa. Su padre empezó a beber, desaparecía de la casa y no regresaba por varios días; todo el trabajo, la responsabilidad de la casa y la familia estaban en manos de Amanda.

Joan Jara cuenta en su libro: “Mi infancia, durante la Segunda Guerra Mundial, estuvo marcada por la inminencia de la muerte. Como vivíamos en el corazón de Londres, durante varios años dormimos todas las noches en un refugio antiaéreo del jardín.

Hubo largas temporadas en que los bombarderos alemanes zumbaban en lo alto noche tras noche, y yo permanecía despierta en la cama, escuchando el silbido de las bombas que caían y las retumbantes explosiones que rompían los cristales de las ventanas. Veía cómo se teñía de rojo el cielo con los reflejos de los incendios. Siempre me acostaba preguntándome si lograríamos sobrevivir a la noche.”

Victor continúa relatando distintos momentos de su infancia: “Fui un niño rebelde; creo que este problema radicaba en que nadie sabía, de pronto, dónde estaba. Me iba a la loma de un cerro a mirar el color, la forma y los sonidos naturales. Cuando mi mamá se vino a Santiago, consiguió un trabajo como cocinera en un restaurante, le comenzó a ir bien y nos trajo a vivir con ella. Al principio vivíamos en la población Los Nogales, en una casa de piso de tierra, y en una cama dormíamos varios. Pero estábamos acostumbrados porque en el campo era igual."


La madre murió en 1950 cuando Victor tenía quince años, esto significó la disolución de la familia. Al poco tiempo ingresó al Seminario Redentorista de San Bernardo creyendo encontrar afecto en la religión, en dedicarse al sacerdocio. Estuvo dos años en el Seminario.

“... me di cuenta que era muy seria esa decisión mía y que esa seriedad significaba tener vocación auténtica, profunda, de real validez, y yo no la tenía...”

A los pocos días de haber dejado el Seminario, Víctor ingresó a realizar el Servicio Militar. Se enfrentó a un gran cambio en su vida, pero se fue adaptando.
Al dejar el Seminario, había comenzado a notar que le faltaba su actividad con la música. Una vez cumplida la etapa en el Servicio Militar, mirando un diario en busca de trabajo encontró un aviso con un llamado para ingresar al Coro Universitario, para cantar en Carmina Burana. Decidió presentarse y fue aceptado como tenor.

Del otro lado del océano Joan, en plena infancia encaminaba sus pasos también hacia el arte; lo recuerda en sus páginas de la siguiente forma. “...Mi destino se decidió un día de julio de 1944, en el peor momento de los ataques con bombas volantes sobre Londres, cuando mi madre me llevó a Haymarket Theatre para ver la compañía de danza moderna Ballets Jooss. Lo que vi no sólo me convenció de convertirme en bailarina sino que, de forma indirecta, me proporcionó un vínculo con Chile.

El ballet que tuvo una influencia poderosa en mí fue una coreografía de Kurt Jooss titulada La mesa verde. Un convincente mensaje sobre los horrores que la guerra implica para los seres humanos. Simboliza la mesa de conferencias de una cumbre, de cualquier cumbre de dirigentes de la política mundial. Era vital, dramática e impulsiva. Me pareció que era una mujer de carne y hueso, tal vez una campesina, que bailaba con todo su ser.

Entonces tomé la decisión de que algún día interpretaría ese papel. Había bailado para mí desde pequeña, improvisando durante horas el ritmo de los viejos discos que habían en casa, cuando la gente ya se preparaba para pasar la noche en las estaciones de metro. Pero jamás se me había ocurrido la idea de convertirme en bailarina profesional.

Un año más tarde regresaron y descubrí que si me deslizaba por una escalera , podía ingresar sin pagar la entrada, logrando ver la obra unas treinta veces. Al finalizar la temporada hice una prueba en Cambridge, estaba casi paralizada por los nervios; milagrosamente Jooss dijo que valía la pena que recibiera formación profesional completa y que me veía como futura componente de la compañía. Me dediqué seriamente a mi formación como bailarina.

Joos y Leeder eran discípulos de Rudolf von Laban. En su reacción contra el formalismo y las limitaciones estilísticas del ballet clásico, fueron pioneros en la fusión de una gama mucho más amplia del leguaje de la danza, otorgándole una expresión contemporánea que abarcaba desde la liviandad extrema, la elevación y la fluidez a un uso del peso con caída y movimiento percutivo.

No sólo nos enseñaba a bailar, sino a relacionar la danza con un análisis del movimiento humano en el sentido más amplio de la palabra, y nos pedían encontrar nuevas formas para lo que queríamos expresar. En 1951, luego de estudiar con Leeder durante tres años, finalmente logré mi ambición de convertirme en bailarina de la compañía Jooss y abandoné Inglaterra para unirme a ella.

De un total de veinticuatro bailarines había diez nacionalidades y se hablaban ocho idiomas. En el grupo habían dos chilenos que Jooss había contratado durante una gira por Chile en 1948. Uno de los chilenos, Alfonso Unanue se convertiría en amigo de toda la vida. El otro chileno era un ser misterioso que aún no había llegado. Con Patricio Bunster nos casamos en 1953. Patricio dejó Inglaterra para regresar a Chile en marzo del '54, y yo lo seguí cuatro meses más tarde.

La llegada a Santiago significó enfrentar cara a cara los Andes, imponentes cumbres cubiertas de nieve que dominan el cielo de la ciudad.
La sociedad chilena tenía tantas capas como el hojaldre y existían estilos distintos entre cada una, si bien al principio no pude captar todas las diferencias.

La Compañía de Ballet de Santiago era muy distinta de la Ballets Joos. En Chile los bailarines eran funcionarios con sueldo fijo y posibilidades de jubilación. Echaba en falta la intensidad, el ritmo y la inseguridad de Ballets Jooss. Había muy pocas funciones y demasiado tiempo para ensayar y rara vez salía de gira.

Cuando llegué surgieron algunos sentimientos de antagonismo al ver que otra extranjera competía por las limitadísimas oportunidades que existían, pero no dudaron mucho y pronto fui aceptada aparentemente con afecto. Con el tiempo, accedí a dar clases, en la academia adjunta a la Facultad, que formaba bailarines y posteriormente en la Escuela de Teatro. Esto me obligó a soltarme y hablar castellano.

 


Había pasado más de un año de su ingreso en el coro cuando Victor vio bailar en el papel de la Mujer de Rojo a la bailarina Joan Turner, quién sería tiempo después su profesora mientras Victor estudiaba teatro y más tarde la madre de su hija. Finalizando 1954, Víctor viajó al norte con un grupo de compañeros del coro, para recoger e investigar la música popular de la zona. Empezó a redescubrir el patrimonio musical heredado de su madre.

En 1955, su ingreso al Teatro Municipal le permitió presenciar una función de un grupo de mimos formado por Enrique Noisvander, quien dirigía un taller. Víctor se acercó a Enrique y pasó a integrar el grupo. Su sentido del movimiento y su expresividad condicionó su ingreso. Actuó como protagonista en ‘Los Vecinos’ y ‘La feria sentimental’, obras donde se destacaba la participación de Víctor. Permaneció con ellos más de un año, hasta que ingresó a la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile.

“Mucha gente me conoce como cantante, pero no saben que dirijo teatro. La verdad es que en 1958 me inicié como folclorista en el conjunto Cuncumén y, estando ahí, ingresé a la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile. Mi actividad se inició en forma paralela, respondiendo a necesidades que uno quiere realizar.”

foto Luis Poirot


Gracias al trabajo de la Fundación Victor Jara se ha rescatado la obra y aspectos que forman partes de su vida. La Fundación es Presidida por Joan Jara, Manuela Bunster: Vice Presidenta, Cristián Galaz: Secretario, Marcelo Nilo: Director, Daniel Alcaíno: Director, Eduardo Alemany: Director, Fernando García: Director, Jorge Montealegre: Director.

En 1956 Víctor dio examen de ingreso a la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile. Se sentía nervioso e inhibido con sus ropas heredadas, la chaqueta demasiado corta y para colmo, las pesadas botas de gruesa suela le quedaban chicas y le lastimaban los pies. Pero no permitió que este hecho entorpeciera su improvisación: se sentó en el suelo y se descalzó antes de enfrentar a la comisión, compuesta por personas de severo semblante, sentadas detrás de una larga mesa. A Víctor se le pasó por la cabeza, en un momento de pánico, que podía tener los calcetines rotos.

Uno de sus amigos en la Escuela de Teatro, Nelson Villagra -quién posteriormente se convirtió en un actor famoso-, pertenecía a una familia de granjeros cerca de Chillán, en el sur. Como ambos estaban siempre sin un centavo, a la hora de almorzar subían el cerro Santa Lucía, saciaban su hambre con pan integral y una botella de leche. Cuando la familia de Nelson enviaba del campo una encomienda con comida, gozaban del banquete que incluía carne y queso.

Mientras la actividad de Victor avanzaba con nuevas propuestas y conocimiento, seguía creciendo artística y humanamente, y se fue interesando también en el movimiento estudiantil. Como ocurre en las escuelas de teatro los estudios eran teóricos y prácticos, las clases se alternaban con estudios de historia del teatro y del método Stanislavsky. Los alumnos hacían montajes estudiantiles y a veces, papeles en obras realizadas por la compañía profesional. Cuando realizaron ‘El amor de los cuatro coroneles’, de Peter Ustinov, Víctor hizo el papel del coronel ruso. También actuó en la obra ‘Los bajos fondos’, de Máximo Gorki, entre otros.

Alejandro Sieveking fue compañero del curso de teatro de Víctor, y un prometedor dramaturgo. Cuando finalizaron los estudios, tomaron la decisión de no dejarse absorber por la compañía estable de teatro profesional. Permanecieron unidos un año más, trabajando en una compañía propia respaldada por la Escuela de Teatro. Tenían la intención de llevar sus producciones a pequeñas ciudades de provincias donde no llegaban las compañías profesionales.

Para participar en el Festival de Teatro Estudiantil, Víctor le propuso a Alejandro que escribiera una obra de cuatro personajes, que pudiera desarrollarse en una habitación. Victor se hizo cargo de la dirección. La obra se escribió en una semana y se tituló ’Parecido a la felicidad’. El éxito fue inmediato y la crítica de prensa muy buena. Llegaron a realizar una gira por América Latina que también recogió buenos comentarios. Después de esta experiencia Víctor decidió estudiar Dirección Teatral.


Junto con sus estudios de teatro, en 1958 comenzó su actividad folclorista en el conjunto Cuncumén. Realizaron en 1962 una gira por Europa. A los nueve integrantes se sumó Margot Loyola. Visitaron países socialistas como Polonia, Checoslovaquia, Bulgaria y la Unión Soviética. Al regresara a Chile fue cuando Victor se dedicó a estudiar dirección teatral; los estudios le ocupaban todas las horas del día en la Escuela, por lo cual dejó Cuncumén.

Joan recuerda la vida en Santiago, fines de la década del cincuenta.
“En aquel período de los últimos años cincuenta, la casa de Pablo Neruda en la Avenida Lynch de Santiago era una especie de centro cultural donde la gente se congregaba para escucharlo y discutir ideas. Allí se iniciaron muchas actividades gracias a que Neruda era un poeta de acción.

Nuestro encuentro
Una soleada mañana de primavera, a fines de octubre de 1960, caminaba por la calle Huérfanos en busca de un vestido nuevo. Comenzaba a recuperarme de la crisis física y nerviosa que había sufrido después de separarme de Patricio. Cerca del mediodía pasé por el Sao paulo y decidí entrar a tomar un café y ver si encontraba a alguno de mis amigos. En la media luz del local, miré y no vi caras conocidas salvo la de Víctor Jara, que estaba solo, sentado a una mesa y leía un libro. Levantó la mirada, me sonrió, hizo señas para que me acercara y me sentara con él, pero le saludé y ocupé otra mesa.

Cuando terminé el café, me levanté y salí al calor de la calle. Victor debió seguirme, me alcanzó, me saludó cariñosamente y me preguntó cómo estaba y si había reanudado el trabajo.   ... Victor comenzó a invadir mis pensamientos. Nada sabía de él, salvo que era estudiante de mucho talento y que parecía pertenecer a una generación más joven...

... Una noche de primavera, una multitud de personas se apiñaba alrededor de las casetas, esforzándose en ver los cuadros, buenos, malos o mediocres, las fotos, esculturas, artesanías. La atmósfera estaba cargada de humo de carbón de leña y del olor a cebolla frita procedente de los puestos donde vendían empanadas y vino tinto.

El terreno era irregular y polvoriento. En medio de la mala iluminación y las sombras distinguí a Violeta Parra sentada en una vieja silla, rodeada de su trabajos, sus hijos y sus instrumentos musicales. Bajo la débil luz de las bombillas que colgaban de los árboles, los tapices de Violeta brillaban con su visión tan peculiar del mundo. Al pasar por allí, Victor la saludó y cambiaron unas bromas. Cerca, alguien cantaba y tocaba la guitarra. Cuando nos alejamos de la muchedumbre y el ruido, bajo la sombra de los grandes árboles del Parque Forestal, Victor tomó mi mano y su suave caricia, llena de calor humano, señaló una nueva etapa en nuestra relación...

En 1960 Victor realizó una gira por Europa durante cuatro meses; Joan recibía sus cartas que llegaban desde distintas ciudades. Victor regresó a Santiago en octubre del '61, descendió alegre y feliz del avión, vistiendo un chaquetón de color verde y levantando su guitarra para saludar hacia la terraza del aeropuerto donde estaban Joan y su hija Manuela. Cargado de regalos su llegada fue todo un acontecimiento, abrir la maleta fue una ceremonia. Ese día no regresó a su habitación, a partir de ese momento se quedó a vivir con Joan y Manuela. Victor había cambiado. Había transmitido en las cartas enviadas que había encontrado su capacidad de comunicación a través de la canción, tanto en su calidad de intérprete como de compositor. En esa gira había cantado por primera vez como solista ante el público y compuso el tema Paloma quiero contarte, dedicada a Joan.

“Entre 1962 y 1963 terminé mis estudios de Dirección Teatral y el Instituto de Teatro de la Universidad de Chile me contrató para su equipo de directores. Mi examen final fue el montaje de la obra ‘Animas de Día claro’ de Alejandro Sieveking, para la cual compuse la música. La obra se convirtió en un clásico. Se mantuvo seis años seguidos en cartelera. Tituló la revista Mensaje: ‘Con esta obra se logró algo que raras veces consiguen nuestros dramaturgos y actores: emocionar de verdad. El éxito o el fracaso de una obra depende en gran medida de la sensibilidad del director y sus actores. La obra fluye… los actores son espontáneos. Víctor Jara cumplió un buen trabajo de dirección”.

En el Documental hay dos testimonios del fotógrafo Luis Poirot, amigo y compañero de Victor, quien retrata en pocas palabras la humildad y el sacrificio de un hombre que desde niño sabía lo que era vivir sin los recursos económicos elementales. "Para Victor no fue fácil estudiar, fue un sacrificio grande. Después me enteré de cosas que en ese momento él por pudor no me decía y yo tampoco me atrevía mucho a preguntarle. Yo no sabía dónde vivía, dónde pasaba las noches. Luego supe que muchas de sus noches la pasaba en el teatro Antonio Bara, en los camarines; él no hacía mucho eco de las dificultades económicas que tenía, lo que le costaba estudiar teatro, el esfuerzo que tenía que hacer, enorme, para llegar a ser director de teatro.

“... en un ensayo para una obra Victor tomó la guitarra, y cantó una canción de amor, una canción triste; al finalizar la canción todos los que estábamos en la sala de ensayo quedamos sorprendidos. Sabíamos que Victor formaba parte de un conjunto llamado Cuncumén, pero nunca lo habíamos escuchado cantar solo, y nos quedamos muy sorprendidos, le dijimos, pero bueno ¿por qué no cantas solo, por qué no grabas un disco? Pero Victor con esa humildad que tenía, con esa sensibilidad extrema que tenía, no creía mucho lo que le estábamos diciendo, que realmente cantaba y lo hacia muy bien. Lo irónico es que después, con el tiempo, la mayor parte de la gente lo recuerda como cantante y no por su primera vocación y lo más importante que hizo en la cultura chilena, que fue su trabajo como Director de teatro.




“ No sé si soy un buen director de teatro. Para serlo se necesitan mucha experiencia y una gran madurez como ser humano. Quiero hacer una obra de real alcance popular.

Nunca he pensado abandonar el teatro. La cuestión es de tiempo, y del tiempo que me conceda la oportunidad de elegir; todavía puedo continuar haciendo las dos cosas y todas aquellas que involucran el perfeccionamiento de ambas.”

En 1965, fue galardonado con el ‘Laurel de Oro’ por la mejor dirección del año, por las obras ‘La Maña’ y ‘La Remolienda’, además obtiene el Premio de la Crítica por la mejor dirección del año por ‘La Maña’. En 1968 también recibe el Premio de la Crítica por la mejor dirección del año, por ‘Entretengamos al Sr. Sloane’. Su éxito como director teatral hizo que el British Council lo invitara a pasar una temporada en Inglaterra para observar ensayos de diferentes compañías y la enseñanza en las escuelas de teatro inglesas.


En ese momento Victor tenía la posibilidad de quedarse en Inglaterra o en Estados Unidos; para él el mejor teatro es el inglés. Pero rechazó los ofrecimientos valorando la enseñanza queéste le aportó y comprendiendo que lo que tenía que realizar estaba en Chile, en su país estaba su deber artístico. Regresó al Instituto del Teatro, al conjunto folclórico Quilapayún y al Ballet Aucamán. Una frase expresada por su amigo Luis Poirot, que también fue asistente de dirección de la obra: “Víctor aportó fundamentalmente al teatro su conocimiento del mundo popular”.

Parte de carta enviada a Joan

"Mijita, de repente pienso que vivir en un país donde tienes el mundo en tus manos a través de la noticia, con una información tan ‘instructiva’ como ‘imparcial’ es mucho más dañino que vivir en un país como el nuestro, donde la noticia es manejada por otra nación que domina, pero, por último donde no sientes, al menos en forma tan apremiante, la inutilidad de tu existencia. Si no, no me explico toda esa juventud drogada y que se escapa de sí misma hacia cualquier lado para encontrar algo verdadero, o que se suicidan para encontrar la única verdad de estar vivos, la muerte.

No tienes tiempo de elegir o meditar tu elección. Si no escoges inmediatamente te quedas atrás hasta que desapareces. Parece que a nadie le gusta ser uno mismo, aunque se esté solo. Prefieren ser un montón de solos. Amorcito, Chile además de estar en manos de los norteamericanos y de poseer otros defectos, es un lugar donde la tierra es tierra y el pan es pan; un lugar donde se puede encontrar a los demás con compás de verdadera vida; de vida pura, natural. Ojalá que nunca la ‘civilicen’ como acá. La prefiero así, bruta, suelta y libre."

En 1963, Gregorio de la Fuente, Director de la Casa de la Cultura de Ñuñoa, le pidió a Víctor que formara una escuela de folclore dentro de esa institución. Con ayuda de Maruja Espinoza, componente del Cuncumén, Víctor organizó los talleres y enseñó las danzas folclóricas que más le gustaban mientras Maruja enseñaba guitarra. En 1968 lo echaron de la Casa de la Cultura por razones políticas.

Violeta Parra vivía en La Reina, en las afueras de Santiago, cerca de las montañas, donde tenía una pequeña casa. Víctor la visitaba y compartían tardes enteras. Violeta se interesaba por su estilo en la guitarra, su manera de cantar y lo motivó para continuar. Violeta Parra ejerció gran influencia sobre la creación musical de Víctor. Ambos compartían además las mismas ideas sobre el papel que debería jugar el folclore en la creación artística.

Violeta Parra vivió los mejores años de su vida junto a los pescadores, junto a los mineros, junto a los campesinos, junto a los artesanos, junto a los indígenas de la precordillera norteña, junto al chilote en el más extremo sur. Vivió con ellos, se hizo piel de ellos, se hizo sangre de ellos. Así solamente pudo Violeta crear canciones como ‘Qué dirá el Santo Padre’, ‘Al centro de la injusticia’, o canciones que quedarán en la historia de América Latina con el surgimiento de una canción nueva, musical y poéticamente valiosa, auténticamente popular.

Soy un hombre de modesto origen, de origen campesino. Tuve la suerte y el privilegio de realizar estudios universitarios, de ser director teatral. Por esta razón es que me siento mucho más comprometido con el pueblo. Quiero que mi canto haga vibrar a esa gente modesta, porque a ellos está dirigido el mensaje de mis canciones. En mi posición intelectual, espero no llegar a desembocar en un cantante de elite.

Siento muy hondamente lo que significa ser un intérprete popular. Todas estas ideas las he madurado lentamente con el tiempo y se han ido aclarando en ese mismo proceso. Espero, en el corto tiempo que significa mi vida, sentir algún día la felicidad de comprobar que realmente estoy interpretando al pueblo con mi canto y mi trabajo artístico en general. Cada día me conmueve más lo que sucede a mi alrededor. La pobreza de mi propio país, de América Latina y de otros países del mundo. He visto con mis propios ojos la huella de horror de una matanza de judíos en Varsovia, el pánico de la bomba, el golpe mortal causado por la guerra que desintegra al Hombre y a todo lo que de él surge y nace.

En fin, tantos otros desastres que cansa enumerar. Pero también he visto lo que el amor puede hacer, lo que la verdadera libertad puede hacer, lo que la fuerza y el poderío del Hombre feliz pueden hacer. 
Por esto y porque anhelo la paz, es que la madera y las cuerdas de una guitarra me hacen falta para desahogar algo triste y alegre.



En 1964, Ángel e Isabel Parra habían vuelto a Chile desde Europa, expresamente para participar en la campaña presidencial de 1964, de modo que ellos y Víctor reanudaron su amistad cantando para Allende, junto a Rolando Alarcón, Patricio Manns, Héctor Pavéz y otros que luchaban por la misma causa. En ese momento fue cuando Ángel Parra, junto a su hermana Isabel, abrieron La Peña de los Parra, en Carmen 340; una casa vieja, a pocas manzanas del centro de la ciudad. Ni siquiera Ángel podía haber imaginado el importante papel que desempeñaría la Peña en el desarrollo del movimiento de la canción popular.

Una noche Ángel, que hacía las veces de anfitrión, imprevistamente en una pausa del espectáculo, anunció la presencia entre el público de ‘mi amigo, el famoso director de teatro, Víctor Jara’ y arrojó una guitarra entre las manos de Víctor, invitándolo a cantar. Aquella primera sesión fue un hito en la vida de Víctor. Interpretó una mezcla de canciones propias y de otros, algunas folclóricas muy poco conocidas, que él mismo había recopilado. Durante los cinco años siguientes formó parte de La Peña de los Parra.

Un fin de semana del invierno de 1966 Víctor estaba invitado a cantar en una peña de Valparaíso. Había terminado de cantar e intentaba salir abriéndose paso entre las mesas con la guitarra sobre la cabeza, cuando un integrante de un estruendoso grupo se puso de pie y saludándolo, lo invitó a sentarse con ellos. Víctor reconoció a Eduardo Carrasco, a su hermano Julio y al amigo de ambos Julio Numhauser, tres muchachos barbudos que frecuentaban la Peña de los Parra y que hacía poco habían formado su propio grupo, al que dieron el extraño nombre de Quilapayún. Al final entre chistes y risas, Eduardo le preguntó si quería ser director artístico del grupo; la propuesta interesó a Víctor. Durante los tres años siguientes, hasta 1969, colaboró con ellos no sólo como músico sino también como director de teatro.

La Nueva Canción Chilena se genera dentro de un movimiento cultural que fue impulsado por Pablo Neruda; su objetivo principal era luchar para liberarse de la poderosa influencia cultural imperialista e ir al rescate de los valores de nuestra propia identidad cultural. Víctor no sólo canta en las concentraciones; da recitales en las distintas universidades, recorre el país llegando a todos los rincones. Aunque los medios de comunicación lo ignoran, comenzó a ser conocido y querido por los obreros, los pobladores, los estudiantes.

Sin embargo la Nueva Canción llegó a desarrollarse más plenamente a mediados de los años sesenta en La Peña de los Parra. Un lugar de encuentro e intercambio de ideas y opiniones de los músicos de esa época, comprometidos con el movimiento social y político, que desembocará más tarde en el gobierno de la Unidad Popular. Durante aquellos recorridos por las peñas, Víctor tuvo su primer contacto con Inti-Illimani, un conjunto que se había formado un año después que Quilapayún, en la peña de Universidad Técnica. Su especialidad era la música del altiplano, interpretada por quenas, zampoñas y charangos. Sus cinco componentes eran universitarios que cursaban distintas carreras.

En 1967, casi seis meses antes que mataran a Ernesto Guevara, Víctor compuso la canción ‘El aparecido’. Fue editada en un disco simple con la siguiente dedicatoria: ‘A E.(Ch) G.’, ya que no era posible mencionar al Ché Guevara, pues el disco fue publicado por el sello Odeón, de la compañía EMI. Poco tiempo después llegó la noticia del asesinato del Ché en Bolivia. Éste fue un período de turbulencia y agitación. Tocaba muy de cerca a Victor como a los miembros del Quilapayún y de Inti-Illimani, pues todos tenían que ver con las universidades, ya fuera en calidad de estudiantes o, en el caso de Víctor, por su condición de profesor de la Escuela de Teatro y director del ITUCH, Instituto del Teatro Universidad de Chile.

Todos participaban abiertamente en las asambleas y manifestaciones callejeras. Como artistas se identificaron con el movimiento a favor de la reforma.
Sus canciones eran coreadas en manifestaciones callejeras que eran reprimidas con gases lacrimógenos y carros que lanzan agua a presión. De esta experiencia surgió una canción que Víctor compuso y cantaba con Quilapayún, llamada ‘Movil Oil Special’.

A las siete de la mañana del domingo 9 de marzo de 1969, por orden del Ministro del Interior, Edmundo Pérez Zújovic, policías armados desalojaron violentamente un grupo de noventa y una familias campesinas sin casa que habían ocupado un terreno en Pampa Irigoin, situada a tres kilómetros de la ciudad de Puerto Montt. La policía los rodeó arrojando bombas lacrimógenas y luego abrieron fuego con las ametralladoras. Siete campesinos perdieron la vida y un niño de nueve meses murió asfixiado por los gases lacrimógenos. Setenta quedaron heridos. Se disparó a matar.

Al leer la noticia en el diario, Víctor se sintió muy dolido; tomó la guitarra y compuso una canción acusando a Pérez Zújovic: ‘Usted debe responder, señor Pérez Zújovic porque al pueblo indefenso atacaron con fusil’. En Santiago las Federaciones de estudiantes universitarios junto a los sindicatos, convocaron a una manifestación de protesta; respondieron más de cien mil personas en la avenida Bulnes, que desemboca en la Moneda. Frente a esta multitud, Víctor cantó por primera vez ‘Preguntas por Puerto Montt’.

El nombre de Nueva Canción apareció recién en 1969 cuando Ricardo García se hace cargo de la organización del Primer Festival de la Nueva Canción Chilena en conjunto con la Universidad Católica. El Primer Festival de la Nueva Canción Chilena estaba patrocinado por la Vicerectoría de Comunicaciones de la Universidad Católica. Lo concibieron como investigación sobre la situación de la música popular chilena; participaron compositores, productores y periodistas. También incluyó un concurso entre doce compositores invitados, que presentaron sus canciones a un jurado formado por distinguidas personalidades, en el Estadio Chile.

Víctor llevó al grupo Quilapayún como acompañante, convencido de que la canción se beneficiaría con una presentación más colectiva. Plegaria a un labrador era una llamada a los campesinos, a los que cultivaban la tierra con sus manos y producían sus frutos, para que se unieran con sus hermanos en la lucha por una sociedad más justa. Esta canción obtuvo el Primer Premio junto a la ‘Chilenera’, de Richard Rojas en el Primer Festival de la Canción Chilena, en el Estadio Chile.

"Acepté dirigir ‘Viet Rock’, de Megan Terry; esta obra me pareció fascinante por lo aprovechable. Provocaba nuevos desafíos a la imaginación de un director. La autora no sobrepasa un primitivo pacifismo norteamericano. No ve al imperialismo de su país con los ojos con que lo vemos los chilenos y los latinoamericanos. La obra no es solamente un retrato de esta guerra, de sus horrores, de miles y miles de vietnamitas muertos día a día por defender lo que es de ellos contra las hordas invasoras del Pentágono. Es mucho más. Es el drama de gran parte del pueblo norteamericano: de la madre del soldado que es enviado a una guerra que a él le parece extraña."

En 1969 Víctor Jara fue invitado a Helsinki, como compositor e intérprete, al Encuentro Internacional con la juventud vietnamita. Su admiración por el pueblo vietnamita y por su Presidente, el poeta Ho Chi Minh, se acrecentó. En Chile, ese mismo año, las organizaciones estudiantiles, artistas, trabajadores, dirigentes sindicales, intelectuales y políticos de un amplio espectro, entre otros, llamaron a marchar contra la guerra y en solidaridad con el pueblo vietnamita, desde Santiago hasta Valparaíso. Una multitud respondió al llamado. En 1971, Víctor grabó El derecho de vivir en paz, canción que dedicó a Ho Chi Minh.

"En diciembre fui invitado por la Confederación Campesina Ranquil para visitar Lonquimay, Chilpaco y toda la zona donde ocurrieron los sucesos que han quedado en la historia del movimiento campesino de nuestro país. Espero que mi guitarra pueda dar este ‘toquío’. La experiencia de la población pienso seguirla, aplicarla a otros campos.

Creo, como ya dije, que hay enormes posibilidades para los creadores, para los músicos: todo depende de nuestra sensibilidad y nuestra capacidad de trabajo. Recuerdo en estos momentos las palabras de una mujer que combatió en la Sierra Maestra y hoy es Directora de la Casa de las Américas: ‘hay músicos que sólo aman la música y músicos que aman a su pueblo’. Haydée Santamaría

Casi siempre el artista ha sido un ser cuyas búsquedas y hallazgos son individuales, cuyos problemas, a lo más se conversan en el taller. Pero, como nunca, en 1970 los artistas de una misma tendencia se unieron.

La campaña electoral de 1970 vio la explosión del fenómeno de la Nueva Canción Chilena. Todos los artistas y los grupos se empeñaron en el esfuerzo de apoyar la Unidad Popular. El éxito en las elecciones se convirtió en una actividad creciente.
La edición de su primer long play ‘Pongo en tus manos abiertas’, demuestra su compromiso político por construir un Chile nuevo.

A las cero y cinco minutos del día 5 de noviembre llegó el mensaje: Salvador Allende ha triunfado en la elección presidencial y el Jefe de Plaza ha dado permiso para que la Unidad Popular celebrara el triunfo en la calle. La Alameda colmada de gente; se subían a las farolas, a los árboles y muros intentando divisar a Allende al saludar al pueblo. Todo era alegría, abrazos y lágrimas. La sensación era maravillosa pero costaba acostumbrarse. Una frase de aquella época que parecía expresar el sentimiento general era: ‘la casa es tuya’…señalando que por fin había llegado la hora de que el pueblo trabajador siempre tan postergado, accediera al poder, fuese responsable de su propio país y gozara de él.

Chile se convertía en el primer ejemplo mundial de una izquierda revolucionaria que llegaba al poder por vía electoral y esto no podía ser aceptado por el imperialismo. Henry Kissinger justificó la campaña intervencionista en Chile arguyendo: ’No podemos aceptar que un país vaya al comunismo por la irresponsabilidad de su propia gente’. Ese día de primavera el pueblo chileno celebró en doce escenarios al aire libre, bailarines, poetas, músicos populares, además de la Sinfónica y la Filarmónica, actores, payasos y obviamente creadores de la Nueva Canción Chilena.

Chile estaba ante la mirada expectante de todo el mundo. Esta experiencia inédita hizo que mucha gente tuviera la esperanza de que fuera posible un proceso de justicia social sin derramamiento de sangre. El 11 de julio de 1971 fue proclamado el Día de la Dignidad Nacional, se celebró la nacionalización de las minas de cobre de Chile. En esa fecha se expropió a las transnacionales las minas de cobre que producían casi las tres cuartas partes de los beneficios que el país obtenía de sus exportaciones. Fue un día memorable, semejante a una segunda fiesta patria.

Pero esta medida tan justa y popular hizo sonar los timbres de alarma en las oficinas centrales de las Corporaciones, en Nueva York y otras metrópolis del capital financiero. Las corporaciones desde ese momento decidieron tomar medidas drásticas y apoyaron el plan de desestabilización ya emprendido por la CIA y la ITT. Año y medio más tarde el Washington Post comenzó a publicar revelaciones sobre las tenebrosas actividades secretas de la CIA en Chile, denunciando una conspiración contra Allende.

También aparecía el Partido Demócrata Cristiano, el diario El Mercurio y algunos gremios cuyas directivas estaban en manos de la derecha, recibiendo dólares de la ITT. A raíz del asesinato de un joven obrero de la construcción en plena Alameda, durante una manifestación, Víctor compuso su canción ‘Cuando voy al trabajo’. Toda la canción expresa los sentimientos y experiencias diarias de Víctor.

Él le trasmite a su esposa Joan y le asegura que siempre la lleva consigo; que a cada momento de su jornada la tiene en sus pensamientos. La canción expresa también una sensación de incertidumbre, un presentimiento del fin. Eso se explica porque la muerte del joven obrero podría también ser la suya, en un momento en que las amenazas de la derecha se habían vuelto hechos concretos.

Allende, muy preocupado por lo que estaba aconteciendo, trató infructuosamente de dialogar con los dirigentes demócratacristianos. El primer quiebre importante se produjo en 1971. Un nuevo grupúsculo supuestamente de izquierda, que se autodenominaba Vanguardia Organizada del Pueblo (VOP), escogió ese preciso momento para asesinar a Edmundo Pérez Zujovic, entonces Ministro del Interior del gobierno de Frei Montalva.

Nadie dudó que la CIA estaba detrás y de esta manera se iba ensanchando cada día más la grieta con la democracia cristiana.
El 9 de setiembre de 1972 se realizó el segundo acto masivo de los tres que dirigió Víctor en el Estadio Nacional; fue la clausura del Séptimo Congreso de las Juventudes Comunistas de Chile y el último de estos tres espectáculos, el 5 de diciembre de 1972, para que el pueblo chileno le brindara un homenaje a Pablo Neruda por su reciente Premio Nobel de Literatura.

Víctor soñaba con repetir esta experiencia a lo largo y ancho de todo Chile. No pudo; lo mataron antes de cumplir su sueño.

En 1972 Víctor tuvo la oportunidad de volver a Cuba y conocer personalmente a los músicos de la Nueva Trova como Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Noel Nicola. Su última visita fue en 1973 para asistir al Encuentro de Música Latinoamericana, como representante de Chile. Su primera visita había sido al comienzo de la Revolución Cubana permaneciendo tres semanas observando la actividad, los cambios, la reconstrucción, tratando de asimilar todo lo que estaba sucediendo.

En octubre de 1972, a raíz de la medida del Gobierno de Chile de nacionalizar las minas de cobre -hasta entonces en poder de empresas transnacionales como la Kennecott Copper Company-, promovieron un embargo internacional y los barcos chilenos fueron ‘arrestados’ en los puertos europeos sin poder descargar o continuar su viaje. Dentro del país, la poderosa organización de dueños de camiones so pretexto de una supuesta nacionalización y a la escasez que había en ese momento de neumáticos y repuestos, decretó un paro nacional. Pero en realidad se trataba de una maniobra de la CIA, que financió y mantuvo la huelga con miles de dólares, para paralizar el país y derrocar al Gobierno de Allende.

El impacto del paro se sintió de inmediato; empezaron a escasear los alimentos esenciales como el pan, la leche y otros, además de los combustibles.
La respuesta inmediata fue que obreros, estudiantes, profesores, artistas y numerosos profesionales se organizaron en trabajos voluntarios para descargar sacos de alimentos desde las estaciones de ferrocarril, para contrarrestar en alguna medida los efectos de la huelga. Víctor no pasaba el tiempo sentado junto al teléfono o cantando mientras los demás trabajaban. De inmediato se presentó como voluntario y en medio de una larga fila de personas, en su mayoría actores y bailarines, comenzó a descargar sacos de harina. Lo hizo bromeando y contagiando a todos con su buen humor.

El artista no es un ser que vive en la estratosfera, sino que su responsabilidad como creador y como recreador de la misión del Hombre, lo obliga a estar metido en los problemas reales; comprenderlos, vivirlos y denunciarlos. El 26 de mayo de 1973, Pablo Neruda apareció en la Televisión Nacional para advertir al pueblo de la conspiración en marcha, fraguada por el imperialismo y la oligarquía chilena, para derrocar a Allende y arrastrar al país a una guerra civil. “Tengo el deber poético, político y patriótico de advertir a todo Chile de este peligro inminente”. Apeló a todos los artistas e intelectuales de Chile y del extranjero para que se unieran a él. Algunos sectores vacilantes pensaban que éste era inevitable y se cruzaron de brazos.

En respuesta a la creciente amenaza fascista, Víctor compuso otra canción en un verso del poema ‘Vientos del pueblo’, de Miguel Hernández, en que Víctor basó su canción. Todo el movimiento cultural respondió al llamado de Neruda. La contribución de Víctor consistió en dirigir para el Canal Nacional de Televisión una serie de programas que versaban sobre ese tema común: una alerta sobre la guerra civil y su secuela de dolor. Víctor le había puesto música a uno de los últimos poemas de Neruda: “Aquí me quedo”, que decía: “No quiero ver mi patria dividida / Ni con siete cuchillos desangrada” y la cantó como el tema que marcaba el comienzo de cada programa.

El 11 de setiembre de 1973 las Fuerzas Armadas, a sangre y fuego, tomaron el poder. Bombardearon la Moneda y por última vez se oyó la voz de Allende. ”No se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La Historia es nuestra y la hacen los pueblos…”. Junto a Joan, Victor escuchó las palabras de Allende por radio.
Víctor Jara decidió ir a la Universidad Técnica y, junto a otros docentes y estudiantes, permanecieron esa fría noche. Victor alcanzó a llamar a Joan desde el único teléfono que había y le avisó que se iba a quedar, por el toque de queda. Fue la última vez que hablaron.

Joan Jara


Cuenta Augusto Samaniego, profesor de Historia, que desde afuera se disparaba hacia la casa de estudios; una de esas balas dio en el cuerpo de un fotógrafo que trabajaba para la Universidad, muriendo desangrado. Los militares ingresaron en la mañana del 12. Eran más de 500. La mayoría soldados muy jóvenes que demostraban estar en pánico y bajo los efectos del pisco. Detuvieron a los que allí estaban y por la tarde condujeron a casi todos al Estadio Chile en buses.

Una vez allí, Victor fue reconocido y separado violentamente del resto del grupo, para ser torturado. En una de sus idas la baño, caminando por un pasillo un soldado le dijo que no podía estar en ese lugar y, en medio de la confusión y el terror que se vivía allí dentro, Victor regresó con el resto del grupo.

César Fernández, matemático de la USACH, también estaba con Victor en la Universidad cuando llegaron los militares y conducido al Estadio Chile. Contó que, a pesar de estar muy herido por los golpes recibidos, Victor animaba al resto. También escribió un poema en un papel pequeñito, como los que utilizan los estudiantes para copiar en los exámenes. Sería el último poema que escribió.

Ese poema Victor llegó a entregárselo a alguno de los compañeros. Otros detenidos que iban a ser trasladados, al salir del Estadio por uno de los pasillos, vieron a Victor tirado en el piso, ensangrentado, contra una pared, ya sin vida. Murió el 16 de setiembre de 1973, cinco días después del golpe militar de Augusto Pinochet. Su asesinato nunca fue aclarado.

La tarde del 18 de setiembre de 1973 tocaron timbre en la casa de Joan para informarle dónde estaba el cuerpo de Victor, para reconocerlo. Se realizó un sepelio íntimo. Por intermedio de un equipo de la televisión sueca Joan pudo sacar de Chile las copias de varios master de discos de Victor Jara que había en su casa. Un mes más tarde, Joan y sus dos hijas abandonaron Chile. Estando en Europa recibieron los master de los discos y más tarde el poema escrito por Victor en setiembre de 1973 en el Estadio Chile.

Somos cinco mil
en esta pequeña parte de la ciudad
Somos cinco mil
¿Cuántos seremos en total
en las ciudades y en todo el país?...

 Estadio Nacional de Santiago, foto © aldo novick

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