Silvio Rodríguez

Silvio Rodríguez
Silvio Rodríguez

En el disco duro teníamos guardado desde hace unos meses un archivo. Fuimos en su encuentro, hace unas noches, lo abrimos para repasar la nota que compartimos con ustedes. Al comenzar a leer me detuve por un instante, intenté escuchar en el silencio de la madrugada alguna canción que golpeara mi tiempo. Yandley me rompió los moldes tradicionales del periodismo y su relación con el entrevistado. No es tarea fácil sentarse frente a semejante personaje, pantalla mediante. Sin derecho a repreguntar, a mirar a los ojos, a los silencios. La entrevista es distinta, sorprendente.


Silvio Rodríguez

Entre el espanto y la ternura

Entrevista de Yandrey Lay
Revista Guamo, Villa Clara, Cuba, 2017

 

Silvio Rodríguez no da la cara. Esquiva las entrevistas cuanto puede y, si acepta entablar diálogo, pone como condición que sea a través del correo electrónico. Hace un tiempo el periodista Claudio Vergara le preguntó el porqué de esta manía suya y el trovador respondió: “Porque escribiendo se puede corregir y hablando no”.

Dos o tres entrevistadores, bastante insistentes o muy cercanos a él, han podido acceder a su intimidad. Los ha sorprendido el hecho de que Silvio contesta las interrogantes de la forma parca y aguda que Borges y Faulkner recomendaban para enfrentar a los reporteros. También que lleve una grabadora a las entrevistas y se empeñe en grabar la conversación.

«Es una forma de recordar las cosas que me pasaron. A veces olvido. Son muchas cosas ya, muchos años…», le dijo al colega y amigo Leandro Estupiñán para justificar la incoherencia de que parecía que era él quien estaba entrevistando al periodista y no a la inversa.

 


He pasado casi el 90 % de mi vida escuchando a Silvio Rodríguez, en actos políticos, galas culturales, rasgueado por muchachos imberbes para combatir el hastío del becario, tratando de buscar el título para un trabajo especialmente esquivo. Pero no conozco al hombre. Nunca he apretado su mano, ni tengo una foto con él, ni siquiera he podido asistir a alguno de sus cada vez más esporádicos conciertos porque detesto las multitudes y el calor humano.

Cada persona es tan alta como su obra y usualmente las biografías más elevadas tienen la mayor cantidad de incongruencias. Silvio Rodríguez no es la excepción a esta regla. El llamado cantor de la Revolución Cubana marchó bajo el sol imperdonable del trópico con una mochila repleta de piedras, fue tiroteado por los milicianos mientras hacía un reportaje y, a los 15 años, renunció a su carné de la Juventud Comunista.

Pensé que esta entrevista iba a ser un buen pretexto para acercarme a este monstruo fantástico que vomita oro por la boca, darle un abrazo y decirle cuánto me había conmovido esta o aquella canción suya. Pero yo tampoco soy la excepción de la regla. Silvio aceptó de inmediato la conversación… por correo electrónico. Así que mis descripciones de gestos suyos, risitas y pases de mano por la cabeza son pura imaginería. Lo más probable es que el trovador haya contestado estas preguntas frente al monitor de su computadora, en completa soledad y minutos antes de acostarse.

Aunque por la calle corre la leyenda de que Silvio ha compuesto más de mil canciones, él mismo no está seguro del número exacto:

—No sé cuántas canciones he compuesto o, más bien, intentado componer —mecanografía el músico mientras esboza una sonrisa taimada—. Más difícil es decir cuántas que valgan la pena. Hay algunos cientos recogidas. De memoria me sé unas pocas.

Silvio está en una habitación de mediano tamaño, sentado frente a su laptop. Es el cuarto que utiliza para hacer su música, el lugar donde pasa encerrado la mayor parte del día. No le gusta que lo molesten cuando está ahí. De las paredes cuelgan fotos de sus conciertos por los barrios y unos pocos dibujos de su época en Mella. También hay un estante con libros, en el cual resaltan Tolkien, Vallejo, El principito, y Las mil y una noches. Al fondo, medio oculta en las penumbras, está colgada su primera guitarra, esa que le costó 60 pesos y le sirvió de consuelo en la noche frondosa del Servicio Militar.

Describo esta habitación porque la otra leyenda importante en la vida de Silvio es el lugar donde escribe sus canciones. Leyenda, es bueno aclararlo, que contribuyó a crear él mismo cuando afirmó en Que levante la mano la guitarra, que le gustaba componer en el baño o en un pasillo abovedado de su casa en el cual la música alcanzaba una sonoridad especial.

El trovador lee mi pregunta con desgano. Seguramente esperaba algo más asombroso o quizás sucede que a casi nadie le gusta revelar los secretos de su oficio. En algunas celebridades existe el temor de que al abrir la caja el escudriñador se encuentre que está vacía o, peor, que no hay nada extraordinario en su interior. Silvio se rasca una oreja, hace una mueca, no de preocupación sino de sueño, y procede a responder:

—Que levante la mano la guitarra es un libro que Wichy [Luis Rogelio Nogueras], Víctor [Casaus] y yo hicimos en la década de los 70 y que logró salir publicado a principios de los 80. Allí yo hablaba de cuando componía en la calle Gervasio, donde viví mi adolescencia, con mi familia.

«No componía en el baño por manía —agrega tecleando con dos dedos—, es que éramos muchos y el único rincón donde podía tener un poco de privacidad era aquel. Prefería la madrugada porque había silencio».

La pregunta es sobre hábitos, obsesiones, rituales a la hora de hacer canciones. El músico la responde parcialmente, pero no explica que escribe a diario, generalmente sobre papel, aunque también en computadora; que se pasa meses buscando una palabra, un acorde, y que no siempre los encuentra; y que cada vez le es más difícil editar un disco porque nada le parece suficientemente bueno.

Son confesiones que ha hecho a otros periodistas, siempre de poco en poco, a cuentagotas, como para no revelar lo inexplicable, lo incognoscible, lo incomunicable. Tampoco dijo, por cierto, que la vida le ha obligado a componer dentro de un carro blindado, rodeado por fusiles y granadas; en el camarote de un barco; en hoteles, mientras viaja; que a veces diez minutos antes de salir a una cita o reunión importante se le ha ocurrido una idea y, por supuesto, ha preferido llegar tarde antes que posponer un encuentro con su música.

Yo empecé a trastear una guitarra porque quería aprender a tocar Óleo de mujer con sombrero. La guitarra que pude conseguir era una rusa deslavazada que tenía defectos en el brazo y las cuerdas de acero. Había que hacer tanta presión para poner los acordes, que por la noche me sangraban los dedos.

A veces, cuando apretaba el lápiz o chocaba las yemas con el borde de la mesa, yo maldecía a Silvio Rodríguez por elegir una armonía tan complicada y que exigiera tanto esfuerzo a mis pobres dedos. Hay algunos de esos acordes, todavía, que de solo recordarlos me llora el alma. Se lo reprocho a Silvio, pero él parece restarle importancia al asunto:

—A mí también me sangraban los dedos cuando aprendí a tocar la guitarra —escribe encogiéndose de hombros—. Yo uso armonías que he aprendido, sobre todo, de la mejor canción cubana.

Quizás por eso no pasé de ser un simple guitarrero aficionado, terriblemente aficionado, porque donde él se encogía de hombros yo lanzaba maldiciones. Parece ser que la resignación, si de música se trata, ofrece mejores resultados que arrojar rayos y centellas.

 


A pesar de su aparente desgano, Silvio no escogió un camino fácil. Y por eso es lógico que en los primeros tiempos tuviera muchos detractores, gentecilla feroz que es capaz de todo con tal de eliminar la «mala semilla». En su caso llegaron tan lejos como quejarse a la UJC por los tenis sucios que se ponía, cosa que Haydée Santamaría resolvió consiguiéndole otro par de zapatos, o decir que hablaba mal de Fidel en Oda a mi generación:

«Fue un tema un poco maldito, parte del mito negativo que me ha perseguido —le dijo el trovador hace unos años a Arleen Rodríguez Derivet—. Pero yo no me resigné a aquel juicio limitado. Por eso la primera vez que me invitaron a cantar en presencia de Fidel, lo primero que hice fue contar la leyenda negra y cantarle la canción al Comandante».

La gentecilla tuvo su pequeño triunfo cuando Silvio se subió al Playa Girón, un barco pesquero que lo llevó hasta casi besar las costas de África. Fue una desaparición parcial, de exactamente 125 días, pero ellos creyeron que sería total. En esos cuatro meses, Silvio compuso 62 temas, entre ellos Ojalá, Historia de las sillas, Resumen de noticias y Debo partirme en dos.

Por ahí se dice que Silvio no se montó en el barco, sino que lo «montaron» por elogiar a los Beatles en la televisión cubana. Le pregunto, con más o menos cautela, si eso es cierto. El trovador respira hondo en su cuartico oscuro y responde que no, que se embarcó en el Playa Girón «por solidaridad con aquellos jóvenes que a veces pasaban largos meses sin regresar a sus hogares». Después sonríe y añade: «También por curiosidad por ver qué había más allá de la línea del horizonte».

«Este hombre ha firmado la paz con su pasado», me digo yo en cuanto leo su respuesta. Es lógico, uno no siempre puede andar con el fardo del resentimiento a cuestas. A veces hay que vaciarlo un poco… para echar nuevos resentimientos. Lo curioso es que Silvio quizás ha perdonado, pero no olvida, seguramente por aquello de que «los que olvidan su pasado están condenados a repetirlo», como decía el filósofo George Santayana.

El trovador recordó el incidente de la televisión en la entrevista con Rodríguez Derivet y explicó: «Los que me botaron del ICR por decir que los Beatles habían borrado las barreras entre la música culta y la popular, tenían todos los discos de los Beatles, yo no tenía ninguno. Yo tenía discos de Vivaldi y de Mozart, que compraba en la Casa de la Cultura Checa. Ellos compraban a los Beatles cuando viajaban al extranjero, o los mandaban a buscar con amigos, como más tarde me enteré».

Yo no sé qué capacidad tiene Silvio Rodríguez de ser incómodo, de levantar ronchas con canciones y actitudes insólitas. Hace un tiempo su polémica con Pablito Milanés reventó las redes y el corazón de muchos seguidores. «Y qué —se podría decir—, fueron amigos, ya no lo son. Cada cual tiene el derecho de defender sus criterios y cargar con las consecuencias que se deriven de sus actos».

Sin embargo, no es tan fácil. En mi caso, por ejemplo, yo aprendí a tocar guitarra por un folleto ripiado que reunía temas antológicos de ambos. Su música era motivo de discusión en familias como la mía, pues mi papá prefería a Silvio, y mi mamá a Pablo, porque decía que al menos sus canciones se podían bailar. Mientras tanto, a ellos se les veía juntos cantando en un televisor en blanco y negro, o meneando las cabezas peludas en la fundación de la Nueva Trova. Y cuando uno ya sabía tocar Óleo de una mujer con sombrero, entonces tenía que aprenderse Para vivir o El breve espacio en que no estás.

Yo le pregunto a Silvio si aún siguen enemistados, si no pasará con ellos como con García Márquez y Vargas Llosa, que se reconciliaron después de haberse zarandeado en las afueras de un cine mexicano allá por los años 70.

—¿Quién dice que no? —mecanografía Silvio en su computadora, dejando abierta una posibilidad que ya había esbozado en una entrevista publicada por el diario argentino La Nación: «… no toda discusión significa un antagonismo absoluto. Sucede que hay cosas que aclarar en su momento, y punto. Sinceramente, siento mucho aprecio personal por Pablo, además de admirarlo como artista».

He aquí la desventaja de los cuestionarios electrónicos: cuando uno cree que lo tiene atrapado, que en verdad ha llegado al fondo de su enigma, entonces él sale con este tipo de respuesta dudosa, abierta a infinitas interpretaciones. Las grandes polémicas provienen de sus entrevistas en vivo. Como cuando Leandro Estupiñán conversó con él en Holguín y Silvio le confesó que en sus giras por los barrios cubanos había apreciado que «la gente está jodida, muy jodida, mucho más jodida de lo que pensaba».

«Cuando uno cantaba: “Te convido a creerme cuando digo futuro” realmente uno no pensaba que este era el futuro —agregó el trovador, quizás con tristeza—. Uno pensaba que el futuro iba a ser otro».

Estas declaraciones recorrieron el mundo y, después de eso, algún que otro periodista le ha preguntado por el asunto.

—Cierto que he visto espantos en los barrios. Lo que no he visto es a un solo niño sin zapatos, sin asistencia médica y sin escuela —me responde a mí cuando le hablo del tema, más o menos lo mismo que le dijo a Yanina Sepúlveda, de Radio Cooperativa, y a La Garganta Poderosa, una revista comunitaria argentina.

Será que Silvio ya no está para incordiar, será que esta es la verdad y no las declaraciones tajantes y adoloridas que ofreció a Leandro Estupiñán, será que los tiempos que corren no precisan Boleros y habaneras, Flores nocturnas, Reino de todavía, sino El necio, Sueño con serpientes y Fusil contra fusil.

 


Dice que nunca pagaría por ir a una presentación suya. Que jamás piensa en vestuarios para conciertos, sino en canciones, que siempre siente un poco de tensión antes de salir a escena. Eso se ve a simple vista, como también que poco a poco se ha ido retirando de los escenarios, al punto que últimamente solo se le puede ver en sus visitas a los barrios cubanos.

Es lógico, en los conciertos de Silvio Rodríguez puede pasar cualquier cosa. La gente grita, pide canciones, hace coros. Hay veces que el odio o el amor llega al extremo. Una vez, en el Auditorio Nacional de México, el trovador vio que desde primera fila un espectador le estaba apuntando con un revólver. Son cosas increíbles, como también el hecho de que Silvio sea el único músico que conozco al que no le gusta que el público coree sus temas.

—No sé quién pueda haber dicho eso —se asombra el trovador y hace una mueca de desesperación— porque la verdad es que no me disgusta que el público cante conmigo.

¿Que quién lo ha dicho? Usted mismo. Por ahí anda la grabación de un concierto suyo en que le pide a la gente que haga silencio o abandone el lugar, que a usted le da lo mismo si se ponen bravos. «De todas maneras yo estoy loco por retirarme», dijo y acto seguido gritó, no sé por qué: «¡Mamey, Mamey!». Y en la entrevista que le concedió a Leandro dijo con respecto a sus primeros tiempos, esos que yo por suerte no viví y al parecer fueron los más críticos en su relación con el público:

—… pues mandaba a callar a la gente. En alguna ocasión me levanté y me fui también. Lo hice. En otros lugares me botaron. Varias veces me botaron de los lugares. Pero fueron cosas más relacionadas con los inicios.

Lo curioso es que yo siempre he justificado esta actitud suya.

—Quizás es que el hombre tiene problemas para escuchar la referencia. ¿No se han fijado cómo se pone la mano en el oído? —salía yo al paso de sus críticos.

—La gente paga por ir a escucharlo y merece cierto respeto —me dijo un amigo que mataría por sus canciones, pero que no lo soporta a usted.

—Pero él no paga por escuchar a la gente y también merece respeto —riposté yo y ahí se terminó la conversación.

—Y, a propósito, ¿por qué usted se pone la mano en la oreja cuando canta?

—Para conducir el sonido desde mi boca hasta mi oído, para escucharme —asiente Silvio en la soledad de su habitación y yo creo que por primera vez le ha encontrado sentido a esta entrevista.

Pero cuando las cosas están bien, entonces vuelvo a meter la pata. Me han dicho que, durante un concierto en los Estados Unidos, un espectador (seguramente de origen cubano) se puso de pie y le gritó: «Silvio, comunista, hijoéputa» y que el trovador le contestó, pacientemente: «Yo también los quiero a ustedes».

Me interesaba saber qué se hace para mantener la calma en una situación como esa. Qué defensa se esgrime para que el desatino de algunos no se eche a ver y no le arruine a uno la noche. Sin embargo, cometí el error de suponer que fue en Miami, cuando debería haber mencionado otra parada de su más reciente gira por Estados Unidos (Orlando, por ejemplo), o quizás haber preguntado primero si la anécdota era cierta. Silvio se agarra de ese breve resquicio y me da un revolcón de esos que no se olvidan jamás:

—Nunca he cantado en Miami —dice y esboza de nuevo la sonrisa taimada—, aunque estoy seguro que de hacerlo la mayoría de la concurrencia sería amable. Cuando vaya por allá le contaré.

El pasado 29 de noviembre, cuando Silvio Rodríguez cumplió 70 años, mi hijo Yan celebró su primer añito. Algo tiene que ocurrir con los que nacen ese día. Mi hijo es pródigo recetando dentelladas y haciendo lo que le viene en ganas, sin importar lo que digamos sus padres. Además, duerme de lado y con la mano izquierda sobre la oreja. Cuando está así, cuando se queda quieto por primera vez en toda una jornada, nosotros decimos que se encuentra en «modo Silvio Rodríguez».

—Silvio, ya usted tiene 70 años, ¿no teme que llegue el tiempo en que no pueda componer, cantar, ni siquiera tocar la guitarra? ¿Qué sucederá con su vida en ese momento?

—Cuando me ocurra, se lo cuento —de nuevo la sonrisa taimada y, después, un amplio bostezo de aburrimiento.

Él no me lo dice, pero a Claudio Vergara le confesó que cuando no pudiera ir de gira por los barrios a lo mejor se entretenía silbando melodías. Además, ha seguido cultivando su pasión por las artes plásticas, no ya con el dibujo como cuando trabajaba en la revista Mella, pero sí con la fotografía. Hace un tiempo Kaloian Santos, condiscípulo mío en la Facultad de Periodismo, le preguntó cómo hacía alguien tan conocido para salir a tirar fotos y a la vez pasar inadvertido.

—Hay muchos lugares y situaciones en los que un trovador pasa inadvertido —le respondió él—, sobre todo cuando anda sin guitarra.

El problema es, Silvio, que cuando alguien alcanza su altura debe tolerar que la gente invente cosas sobre usted, cosas que a veces no son ciertas, pero que a lo mejor pudieran serlo. Tiene que permitir que la gente se preocupe por usted, como también que lo quieran asesinar después de cada extravagancia suya. Y sobre todo que observen cualquier coincidencia de fecha o comportamiento en sus hijos, esperando que hereden la mitad, o una pequeñísima parte de su talento.

Porque esa gentecita común y corriente, que vive del salario, tiene pocas alegrías y quizás nunca en su vida podrá cantar ante 10 mil, cien mil, o un millón de personas, se han enamorado con sus canciones, se han desahogado con ellas, han sido muchas veces el único atractivo de una marcha combatiente bajo el sol atronador de los trópicos.

Y esa gente está preocupada por la trascendencia de su música. Aunque ellos mueran oscuramente en un barrio cubano, si Te amaré sobrevive, si lo hace Yo te quiero libre, La gota de rocío, o Ángel para un final, sería la inmortalización de una época, de su época, de la época en que el pueblo cubano creyó que podía asaltar el cielo con las manos y sobrevivir a su atrevimiento.

—No tengo la más mínima idea de qué canción mía pudiera permanecer —susurra usted mientras se pasa la mano por la cabeza—. Ni siquiera sé si sobrevivirá alguna.

Era una respuesta previsible, la de la modestia, bastante preferible (en mi opinión) a la frase irónica, a la agresiva, o al simple encogimiento de hombros. Es a lo que uno se arriesga cuando entrevista a alguien que responde por cortesía los cuestionarios, aunque sin demasiada cortesía. O como dijo un amigo mío al leer las respuestas que usted dio a mis preguntas inocentes: no son las palabras de alguien que está dormido sobre los laureles, sino las de un hombre que ya enfrenta el juicio de la Historia.

Yo no puedo decir cuáles de sus canciones sobrevivirán, responder es demasiada atribución para quien «vive de preguntar», pero sí aclarar que, en esos cientos de temas, usted prefiere La era está pariendo un corazón, Al final de este viaje, Te doy una canción, Playa Girón, Rabo de Nube, Testamento y Unicornio, o al menos eso fue lo que le dijo a Víctor Casaus y Luis Rogelio Nogueras cuando accedió a que lo entrevistaran allá por los 70.

Puedo aclarar eso y confesar que esto me ha ocurrido por no hacerle caso a mi esposa.

—No esperes que Silvio te responda más de 10 preguntas —me aconsejó al pasar por mi lado y mirar de reojo lo que estaba escribiendo en la computadora.

—Que sean 12 —dije yo— no tengo tiempo de seguir recortando el cuestionario.

Debo confesar, también, que me hubiera gustado preguntarle sobre la rosa y la calavera que tiene tatuadas en la muñeca, sobre su amistad con Guillermo Rosales, y por qué le gusta tanto usar gorras. Pero es mejor no abusar. A estas alturas del juego usted se está cayendo del sueño y por ahí corren leyendas terribles sobre los desplantes que ha dado a los periodistas. Quizás por eso me parece increíble que usted no solo me concediera una entrevista, sino que haya respondido este cuestionario el mismo día que se lo envié.

—No sé de dónde han salido esas habladurías —me interrumpe Silvio Rodríguez con un último bostezo—, pero usted las ha calificado muy bien: leyendas.
Para de escribir y se sonríe, esta vez abiertamente. Luego agrega:

—Accedí a esta entrevista porque nunca he dejado de creer en los jóvenes. Y seguiré creyendo en ellos cuando ya no pueda tocar la guitarra.

 

1976


Yandrey Lay, nació en La Esperanza, Cuba, en 1984, periodista, escritor y editor. Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Egresado del IX Curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ganador de los premios periodísticos 26 de julio y Primero de mayo. Recibió mención especial en el concurso literario «De Cervantes a Borges», auspiciado por la Fundación Borges. Ha publicado los volúmenes Guerra del Agua, Editorial Capiro, 2012 y La vez que Borges conoció a Ilyá Prigogine, Sed de Belleza Ediciones, 2016.

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