50 años de la muerte del Che

50 años de la muerte del Che

50 años de la muerte el Che

«…Un día pasaron preguntando a quién se debía avisar en caso de muerte y la posibilidad real del hecho nos golpeó a todos. Después supimos que era cierto, que en una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera)».

Ernesto Che Guevara

Dicen que Fidel habló con la voz entrecortada, quebrada por la emoción. Era el 3 de octubre de 1965, y un silencio dramático, de esos que estremecen la piel, fue cobijando cada espacio del teatro Chaplin, hoy Karl Marx. Dicen que algunos de los presentes se levantaron del asiento, por la conmoción, por lo imprevisible. Otros callaron, y sintieron. Palabra por palabra, Fidel leía a los presentes la carta de despedida del Che.
«Hay una ausencia en nuestro Comité Central –decía– de un compañero que posee todos los méritos y todas las virtudes necesarias en el grado más alto para pertenecer a él y que, sin embargo, no figura entre sus miembros…».


El Comandante Guevara había marchado, a otros pueblos, a ayudar en los sueños de libertad de otras tierras, porque hombres como él dotan de un mayor significado lo que es ser profundamente humano e internacionalista. La despedida, decía el Che, laceraba una parte de su espíritu, en una extraña mezcla de alegría y dolor. Aquí, en Cuba, «dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos… y dejo un pueblo que me admitió como un hijo...».

En la misiva, dirigida al propio líder de la Revolución Cubana, Ernesto Guevara recordaba aquel primer encuentro con Fidel, «en casa de María Antonia», de cuando le propuso venir a Cuba a bordo del yate Granma, de toda la tensión de los preparativos. También le daba las gracias por sus enseñanzas y se enorgullecía por haberlo seguido sin vacilaciones, identificado con su manera de pensar y de ver y apreciar los peligros y los principios.

«En los nuevos campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes; luchar contra el imperialismo dondequiera que esté; esto reconforta y cura con creces cualquier desgarradura.

«Digo una vez más que libero a Cuba de cualquier responsabilidad, salvo la que emane de su ejemplo. Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente para ti. Que te doy las gracias por tus enseñanzas y tu ejemplo al que trataré de ser fiel hasta las últimas consecuencias de mis actos. Que he estado identificado siempre con la política exterior de nuestra Revolución y lo sigo estando. Que en dondequiera que me pare sentiré la responsabilidad de ser revolucionario cubano, y como tal actuaré...».

Y así de revolucionario fue el Che hasta su caída en combate en Bolivia, deviniendo entonces en paradigma de entrega, de sacrificio, de hombre del futuro. Hace 52 años, en aquel mismo teatro, Fidel también sometió a la opinión de los presentes cambiar el nombre del Partido Unido de la Revolución Socialista, por otro, uno nuevo, que sintetizara «lo que somos hoy y lo que seremos mañana».

«No hay episodio heroico en la historia de nuestra Patria en los últimos años que no esté ahí representado; no hay combate, no hay proeza –lo mismo militar que civil– heroica o creadora, que no esté representada», expresaba Fidel al referirse a la constitución del Partido Comunista de Cuba y de su primer Comité Central.
Pero aquel 3 de octubre fue un día convulso, lleno de sucesos, y esa misma vorágine que envolvía a una Revolución naciente, iba a ser contada desde las páginas de un nuevo diario. El nuestro. El periódico Granma. Al día siguiente, el 4 de octubre, circularía su primera edición.

 

El Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez, vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, presidió la delegación cubana al acto central con motivo del 50 aniversario de la caída en combate del Comandante Ernesto Che Guevara y sus compañeros de guerrilla, que se realizó el 9 de octubre, en Vallegrande, Estado Plurinacional de Bolivia.

Yaditza del Sol González, Granma, Cuba, 3 de Octubre 2017

Che 5 de marzo 1960, foto de Korda 

8 de octubre de 1967
por Eduardo Galeano


A orillas del río Ñancahuazú
Diecisiete hombres caminan hacia la aniquilación
El cardenal Maurer llega a Bolivia desde Roma. Trae las bendiciones del Papa y la noticia de que Dios apoya decididamente al general Barrientos contra las guerrillas.
Mientras tanto, acosados por el hambre, abrumados por la geografía, los guerrilleros dan vueltas por los matorrales del río Ñancahuazú. Pocos campesinos hay en estas inmensas soledades; y ni uno, ni uno solo, se ha incorporado a la pequeña tropa del Che Guevara. Sus fuerzas van disminuyendo de emboscada en emboscada. El Che no flaquea, no se deja flaquear, aunque siente que su propio cuerpo es una piedra entre las piedras, pesada piedra que él arrastra avanzando a la cabeza de todos; y tampoco se deja tentar por la idea de salvar al grupo abandonando a los heridos. Por orden del Che, caminan todos al ritmo de los que menos pueden: juntos serán todos salvados o perdidos.
Perdidos. Mil ochocientos soldados, dirigidos por los rangers norteamericanos, les pisan la sombra. El cerco se estrecha más y más. Por fin delatan la ubicación exacta un par de campesinos soplones y los radares electrónicos de la National Security Agency, de los Estados Unidos.

Quebrada del Yuro
La caída del Che

La metralla le rompe las piernas. Sentado, sigue peleando, hasta que le vuelan el fusil de las manos. Los soldados disputan a manotazos el reloj, la cantimplora, el cinturón, la pipa. Varios oficiales lo interrogan, uno tras otro. El Che calla y mana sangre. El contralmirante Ugarteche, osado lobo de tierra, jefe de la Marina de un país sin mar, lo insulta y lo amenaza. El Che le escupe la cara. Desde La Paz, llega la orden de liquidar al prisionero. Una ráfaga lo acribilla. El Che muere de bala, muere a traición, poco antes de cumplir cuarenta años, exactamente a la misma edad a la que murieron, también de bala, también a traición, Zapata y Sandino.

En el pueblito de Higueras, el general Barrientos exhibe su trofeo a los periodistas. El Che yace sobre una pileta de lavar ropa. Después de las balas, lo acribillan los flashes. Esta última cara tiene ojos que acusan y una sonrisa melancólica.

9 de octubre de 1967 Higueras

Campanadas por él
¿Ha muerto en 1967, en Bolivia, porque se equivocó de hora y de lugar, de ritmo y de manera? ¿O ha muerto nunca, en ninguna parte, porque no se equivocó en lo que de veras vale para todas las horas y lugares y ritmos y maneras?
Creía que hay que defenderse de las trampas de la codicia, sin bajar jamás la guardia. Cuando era presidente del Banco Nacional de Cuba, firmaba Che los billetes, para burlarse del dinero. Por amor a la gente, despreciaba las cosas. Enfermo está el mundo, creía, donde tener y ser significan lo mismo. No guardó nunca nada para sí, ni pidió nada nunca.
Vivir es darse, creía; y se dio.

Memoria del Fuego III. El Siglo del Viento

 

Che en Madrid, España


Che fotógrafo


Cuando aún no era conocido como el Che, Ernesto Guevara era un joven aficionado a la fotografía. Durante sus viajes por América Latina capturó y guardó testimonios de esa realidad que lo circundaba. Las cámaras fueron una compañía permanente, incluso en el Congo y en Bolivia. A través de la fotografía mostró esa visión particular que tenía del mundo y que hoy también se encuentra en el Centro. «Che fotógrafo es el proyecto del Centro de Estudios que durante años rescata esa arista poco conocida y divulgada del Guerrillero Heroico. Se trata de una exposición que recorre el mundo, desde que en 1991 se expusiera por vez primera en Casa de Las Américas. «Es una exposición en la que mostramos al Che como artista, creador y como un hombre que supo, desde las imágenes, reflejar las complejidades de su contexto histórico», comentó Otto Alejandro.

 

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