Siempre oía ruidos

Siempre oía ruidos

SIEMPRE OÍA RUIDOS detrás de la puerta –la puerta de salida de la trastienda-, pero nunca me atrevía a comprobar qué los provocaba. Algún gato revolviendo en la basura -pensaba. El negocio se estaba hundiendo, mi mujer llegaba tarde a casa y olía a colonia de hombre y supongo que yo me dejaba llevar, como un náufrago a la deriva, sin hacer que las cosas cambiasen. Las doce del mediodía y nadie había cruzado la puerta de entrada. Ni viajantes ni mormones. Ni siquiera a pedir cambio para el teléfono. Mi actitud era bastante pasiva. Me limitaba a ojear un libro muy aburrido, dejando que las horas cayeran del reloj. Y entonces volví a notar esos extraños ruidos en el callejón. Solté el libro sobre el mostrador y me adentré en la trastienda. Era un ruido bastante repulsivo y a su vez pausado. No rítmico, pero sí tenaz. Desagradable, esa era la palabra. Abrí la puerta de la trastienda lentamente. No esperaba encontrar nada interesante, pero me sorprendió ver a una viejecita de pelo canoso. Apartaba la basura con la punta de su bastón y recogía los cartones. Cuando terminó se limitó a meterlos en un saco de tela y, como pudo, se lo colocó a la espalda. No me miró, tal vez ni se percató de mi presencia. No sé por qué, de dónde surgió aquél impulso, pero decidí seguirla. Observé con ojos tranquilos cómo avanzaba arrastrando lentamente el pesado fardo y, por un momento, se deslizó por mi cabeza la idea de ayudarla. Pero pronto se desvaneció: la época de las buenas acciones ya había pasado.

Visitamos un par de callejones más y luego se adentró en un sórdido portal. Pegué la cara al cristal y pude observar cómo luchaba con las empinadas escaleras. Se encorvaba todo lo que daba de sí, haciendo grandes esfuerzos, pero el saco debía superarla en peso y acabó resbalando de sus manos. Bajó rodando a cámara lenta, hasta donde yo me encontraba. Y entonces vi la dureza de sus ojos y comprendí que éramos iguales, que nuestras vidas eran de goma, que por mucho que nos doblaran no nos romperíamos.

Oscar Sipán


Oscar Sipán nació en Huesca en 1974. Es autodidacta. Publicó su primera novela  Rompiendo corazones con los dientes en 1998 pero también publicó cuentos. Ha recibido el Premio Odaluna de Novela, ha resultado ganador del VII Concurso de relatos Luis del Val de Sallent.

Su libro, Avisos de derrota, ha inspirado el rodaje de Il mondo mío, un cortometraje basado en el relato del mismo título que recoge el volumen. Es autor de una Guía de hoteles inventados, junto al ilustrador Óscar Sanmartín y de la edición de Leyendario. Su último trabajo se titula: Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas, Editorial Base, 2013. Actualmente integra la editorial El Tropo, España. www.tropoeditores.com

 

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