Pepe Guerra

...cuando una cosa cumple su ciclo, se desgasta, se va oxidando, corre el riesgo de quedar perimido... Hay un tiempo para todo...un tiempo parar cortarlo y dejarlo quietito como está, dignamente, y no estropearlo...
Festival del Olimar, 2006, foto aldo novick
Festival del Olimar, 2006, foto aldo novick

P E P E    G U E R R A


Nació en la ciudad de Treinta y Tres y su único oficio fue siempre el de cantor popular. Sin olvidar nunca su origen humilde logró, sin proponérselo, que en Uruguay su nombre se fuera haciendo sinónimo de la música del pueblo sintetizando en sus cantares el sentir y los ritmos de su gente. Con Los Olimareños recorrió el mundo. Desde 1978 vivió en el exilio, residiendo en España y Méjico. Regresó a Uruguay en 1984. Ante la disolución del dúo, Pepe Guerra continuó -desde 1990- su labor como solista; este nuevo rumbo que da a su carrera no hace más que refrendar, día tras día, su arraigo popular con el reconocimiento de ser profeta en su tierra. En 2004 nos juntamos con Pepe; de ese encuentro surgieron tres programas de televisión que fueron emitidos por VTV.

Fui a dos escuelas. La primera se llamaba Al Aire Libre; era una escuela para niños carentes. Creo que el único que no era carente era yo. Resulta que yo había entrado porque mi madre era muy amiga de la Directora, y mi madre quería que yo conociera el mar, que conociera Piriápolis -que era donde la escuela iba de vacaciones una vez al año-; todo un acontecimiento, ¿te das cuenta? Conocer por primera vez el mar... Uno lo cuenta acá ahora y, claro, no tiene el significado de aquella época y ya no tenemos los ojos de aquel niño, asombrado con la inmensidad del agua... Fue brutal... Bueno, la escuela era muy particular. Se enseñaba mucho dibujo, todo ese tipo de cosas, además de todo lo demás.

Era escuela de tiempo completo, todo el día. Se sesteaba debajo de un cobertizo enorme, recuerdo. Fue una experiencia muy linda. Después me tuve que cambiar de escuela, no me aguantaron más. Vivía en el barrio Floresta, un barrio periférico. Eso tuvo mucho que ver después con la canción, con lo que uno hizo... En el barrio, por ejemplo, vos mirabas para un lado y tenías el campo. Alambrados y el campo. Y después mirabas para el otro lado y tenías las calles de balasto, el pasto en las veredas. Y más allá el asfalto y “la crema”, que le decíamos. El “asfalto pipí”, el centro. Me crié mirando para los dos lados. O sea, un canto rural, vendría a ser.

-¿Quién te enseñó a tocar la guitarra?

PG -Justamente; en la escuela había un corito. Entonces, la Directora me dijo si podía tocar una canción; fijate vos, se llamaba Luna tucumana, de Atahualpa Yupanqui. Yo no sé qué edad tendría, era un niño. Me mandó a un primo hermano mío que tocaba la guitarra. Me enseñó; La Mi Re, las cosas básicas. Y canté. Fue mi primer encuentro con el público. Con una verguenza, una timidez y un miedo espantoso.

-¿Qué escuchabas -musicalmente- en aquella época? Fundamentalmente en la adolescencia.

PG -Música mejicana. Mejías... boleros. Todo muy latinoamericano. Recién se empezó a escuchar rock -que tampoco se le dio mucha importancia- cuando irrumpieron Los Beatles; aquellos jóvenes estrafalarios de pelo largo y con un sonido totalmente distinto que hasta aquel momento ese tipo de música no había copado a los medios de comunicación del Interior, de las radios, pero con ellos sí empezó a sonar. Pero no nos tocó para nada, digamos.

La influencia que podamos tener del rock es... yo diría nula. Más nos pesaban las vivencias del barrio, el paisaje del Interior, y la música de Atahualpa Yupanqui, Los Chalchaleros, Los Fronterizos, toda la música de la región. Y por supuesto del lado de Brasil. Antes de Los Olimareños yo cantaba en una orquesta donde hacíamos música brasileña en su mayoría, para amenizar bailes. Después, las milongas, en fin, Antonio Tormo -que en aquella época llenaba los escenarios del Interior y por todos lados-. Ésa es la música que escuchaba.

-¿Cómo surge el programa de radio que tenías en Treinta y Tres?


PG -Yo cantaba como solista. Me acompañaba un amigo, que era más tímido que yo. Un día le salió un granito en la cara y no quería ir a la audición. Eran audiciones con fonoplatea, entonces. Nos iba fenómeno; se llenaba aquello, nunca supe si por mí o porque la tienda La Victoria -que era la que auspiciaba la audición- tenía un móvil que iba por los barrios. Yo cantaba una canción y la gente tenía que adivinar y al que adivinaba, la tienda le daba una prenda de vestir. Entonces era un éxito brutal.

-¿Quiénes eran Los Mensajeros del Este?

PG -Fue un conjunto de Treinta y Tres; lo tuvimos como nombre y después fue Los Olimareños. Pero a su vez después de Los Mensajeros del Este hubo un grupo de allá -de guitarras- donde estaban entrañables amigos: el Carao Peralta, el Laucha Prieto, que fueron mis profesores. En definitiva, fueron mis maestros de la guitarra, mi escuela viene por ese lado. Era una guitarra muy popular, de pasar horas y horas tocando en los quilombos, acompañando al Paco Larrosa, al Negro Peralta... Te quedaban los dedos con unas canaletas azules. Porque tenías que tocar y las parejas bailaban.

El prostíbulo del Interior es muy distinto al de Montevideo. Hay un lugar de estar, primero, donde se toman copas, se baila y bueno, después el que quiera ocuparse, se ocupa... Una experiencia brutal. Además tocábamos en las escuelas, en las quermeses haciendo beneficios. Recuerdo que era chico -un gurí- y ya se me había dado por componer una milonga al estilo de Yupanqui, esa manera de tocar la milonga, lenta... y reflexiva en el texto.

Después ya me encuentro con Braulio. Que a su vez él tocaba y cantaba por su lado con un grupo que tenía. Y ahí, en una reunión de campaña -en una yerra- nos ponemos a cantar; y nos ponemos a cantar juntos, de casualidad. Había un rematador de Feria, estos señores que tienen mucha ascendencia allá en las ciudades del Interior y que tenía su audición en la radio. Y nos dijo que él nos bancaba una audición en la radio. Y así empezamos.

 

Shangrilá, Ciudad de la Costa, 2008, foto aldo novick



-Uno de los grandes nombres de la música latinoamericana vivió en Treinta y Tres: Atahualpa Yupanqui. Llegaste a conocerlo, en tu época de estudiante.

PG -Sí, lo conocí porque él iba muy seguido, hacía recitales en la radio, en el liceo. Aunque esto fue posterior. Yo no lo conocí cuando él estuvo viviendo ahí. Fue en la época que tuvo problemas con Perón en Argentina; se vino para acá y estuvo en Treinta y Tres. Con el tiempo lo encontramos a don Ata y rememoraba cosas de Treinta y Tres. Un viejo de una memoria formidable.

-Hay una anécdota con Estrázulas, sobre el boliche La Vaca Azul.

PG -Hace poco estuvimos en Buenos Aires con Enrique y nos acordábamos... Estábamos en Alemania, Berlín; se hacía un festival, ahí. Tuve la oportunidad de conocer a Juan Rulfo, en fin, habían elegido a gente de toda Latinoamérica; estaba Piazzolla, Mercedes Sosa, escritores y, entre ellos, Yupanqui. Entonces Enrique -que también había sido invitado- me dice: “Pepito ¿no me presentas a Atahualpa?”. “Sí, cómo no!”. Y entonces fuimos; estaba el viejito fumando y afinando la guitarra antes de empezar a cantar. “¿Cómo le va, paisano?”. “Muy bien, don Ata, ¿qué tal? Le presento a un escritor uruguayo, poeta de allá, de Montevideo”. “Ah, mucho gusto”. Y me dice a mí: “¿Se acuerda de La Vaca Azul, paisano?”. “Sí” -le digo-. La Vaca Azul es un boliche que a su vez tenía un cuadro de fútbol donde jugaba Rubito Lena, en fin. Y, claro, Enrique Estrázulas, muy intelectual, dice: “¡Qué poético nombre!”. “¡No! -dice Yupanqui- era un boliche de mierda, nomás, pero era lindo.”

-¿Quiénes son el Laucha, Bilbao, Manuel... todos esos nombres que brotan de las canciones?

PG -Gente importantísima. Gente que hizo un poco la base intelectual de aquellos gurises. El Laucha Prieto con sus clases de guitarra que más que clases eran encuentros -sesiones, les decíamos- pero recogías una enseñanza tremenda. Víctor Lima, Rubén Lena, el Paco Bilbao -que hasta los últimos tiempos de Los Olimareños fue nuestro manager, digamos-; Manuel Sosa, Cacheiro. Muchos, muchísima gente. Sesiones que teníamos. Uno calladito la boca iba recogiendo experiencia de esa gente tan sabia. Yo creo que eso fue importantísimo para Los Olimareños.

-¿Qué diferencia hay entre aquellas primeras actuaciones en Montevideo en tablados y en clubes y las de hoy que en gran porcentaje son en el Interior?

PG -Hay diferencias. Hacíamos muchos tablados en aquella época; hacíamos ocho, nueve tablados por noche. En aquel tiempo se permitía -a los que no pertenecíamos al grupo de la gente de Carnaval- cantar. Incluso venían de la Argentina. Guarany, Cafrune andaban por los escenarios de Carnaval. Se hacían muchos clubes, muchas audiciones de radio -había mucha fonoplatea- y era la puerta que tenías para poner tu propuesta al oído de la gente. Recién empezaba la televisión en blanco y negro. Eran actuaciones distintas, en el sentido de que bueno, andábamos mucho por el Interior: salíamos en tren -por ejemplo-; iba un representante adelante haciendo los pueblos, y nosotros atrás; ya cuando llegábamos estaba todo organizado por él. Era lindísimo. Una experiencia bárbara.

Cantábamos mucho en las escuelas y eso nos venía porque Víctor Lima enseñaba a los niños a cantar. Y eran canciones ya orientales. A pesar de la tremenda influencia que teníamos del folclore argentino -el fenómeno aquel que se nos vino arriba- ya Víctor Lima -anteriormente a Los Olimareños, incluso- andaba por las escuelas fomentando la canción nuestra. Después nos encontramos con Rubén Lena, que ya había estado en Venezuela con un grupo de maestros, un encuentro latinoamericano de maestros y ahí se dio cuenta de que los uruguayos no teníamos canción.

Porque los venezolanos tenían, los mejicanos tenían, los argentinos, también y los uruguayos... Recién empezaba Osiris, pero no era una cosa masiva; andaba Amalia de la Vega, pero tampoco era masiva; los conjuntos de murgas no habían grabado, todavía. Había algún intento con aquel candombe de Romeo Gavioli, pero no era una cosa popular-popular. De ahí Lena se vino con la idea de hacer un cancionero. Coincidió que espontáneamente también en el Interior andaba Sampayo, por Colonia andaba El Sabalero, en Montevideo andaba Viglietti, la gente de Tacuarembó aportando muchísimo a la música, ya estaba Osiris Rodríguez, posteriormente Zitarrosa. Entonces se fue formando una cara musical para nuestro país. Incluso Los Olimareños empezaron a grabar cosas de murgas por primera vez, candombe -un candombe muy blanco, por supuesto, además con guitarra-, inventábamos.

-El longplay Todos detrás de Momo, ¿es un disco especial?

PG -Sí, desde el pique fue un disco especial porque fuimos los primeros que hicimos un disco desarrollando un tema entero. Creo que el otro disco que hubo fue el de Los Beatles -Sgt. Pepper’s-. No se conocían ese tipo de cosas. Tampoco nosotros lo hacíamos como si fuera una cosa muy especial. Se nos ocurrió. Como una vuelta se nos ocurrió grabar 20 minutos de Florentino y el diablo. Una cosa que no la iba a pasar ninguna radio. En cambio Todos detrás de Momo, sí. Además, era un disco contestatario, un disco que ya hablaba de personajes políticos. Todo con segunda y entre-líneas. Un disco importantísimo.

-¿Cómo es tu relación con el río, la canoa, el fogón...?

PG -Más bien soy un contemplador del río y de conversaciones en el fogón y todo ese tipo de cosas. No te olvides que -de pronto- con Rubén Lena nos íbamos por el monte, con un fogoncito de por medio y de repente recitábamos poemas de Antonio Machado, o de repente agarrábamos algún pedazo de Cervantes; siempre en ese ambiente.

-¿Cómo surgió la canción Tá llorando?

PG -Esa canción se hizo un poco acá, cuando estábamos prohibidos -que era un poco estar exiliado-, y que además a mí me parecía que en cualquier momento me tenía que ir. Me aguanté mucho pero hubo que irse, porque al final era una especie de exilio domiciliario que tenías, no? Ya me habían dicho que no podía andar por 18 de Julio, que no podía ir al cine, que -justamente- la imagen que representábamos nosotros ellos no la querían. Todo con mucha sinceridad pero “tiene razón, pero marche preso”. Entonces ahí empecé a hacer Tá llorando y la terminé por allá por España. Esa canción duró como un año en hacerse.

-¿Cómo era el Discodromo Show de Rubén Castillo?

PG -Ah! Era un tanto estrafalario, para nosotros; éramos unos gurises que veníamos de campaña, unos pajueranos. No te olvides que ahí se hacía mucho rock. En Montevideo se empezaba con el rock nacional, en aquel tiempo recuerdo que estaba de moda el chicle -la goma de mascar-. Y cuando entramos nosotros todas las gurisas, toda la platea mascando chicle. ¡Te imaginás! Nosotros con dos guitarritas, solos; era bravo. Sin embargo, Castillo tenía esa visión para las cosas, no? Y no le importaba que fuera una música totalmente diferente a la música que se difundía en Discodromo Show, que era más bien rock y ese tipo de cosas. Y, bueno, grandes recuerdos de esa época, y de Castillo, por supuesto.

-Si te digo Corazón del Sur y Mi canción no es más que la emoción, ¿se te aparecen imágenes de Méjico y de Zitarrosa?

PG -Exacto. Hacíamos nuestras reuniones allá con Alfredo un poco para hablar de acá, de nuestro paisito, junto con El Sabalero, en fin, una barra grande de uruguayos. Ahí le escuché por primera vez Corazón del Sur a Alfredo. Una canción que no está grabada en ningún lado. Después hay otra zamba que se llama Si yo pudiera, que tampoco está grabada y me parecía que esas canciones tenían que estar al servicio del gusto de la gente y entonces la grabé. No alcanzó el flaco a escucharla...

 

Pepe Guerra, Pablo Estramín, Pepe Sasía, 1985 - Guambia / Montevideo - foto aldo novick


-¿Fue difícil incorporar instrumentos eléctricos y un grupo?

PG -Eso fue después que se separaron Los Olimareños. Fue un doble desafío: primero porque, bueno, ya encarar la tarea de solista, la propuesta como solista de por sí -con el prestigio de Los Olimareños- fue un desafío. Pero más desafío, claro, fue el Pepe Guerra de pronto con un bajo eléctrico, con batería, con teclados, con la guitarra enchufada. Le dije al Serrano, que es un comunicador que vive en el Interior: “Mirá, vamos a probar esta propuesta en el corazón del Uruguay, en pueblos chicos”. Entonces teníamos por ahí por la Ruta 7 Santa Clara, teníamos Cerro Chato, Tupambaé, toda una serie de pueblos y ahí probamos. Bueno, al principio la gente como que ¡epa! ¿Y esto qué es? Te das cuenta que en el bajo estaba Urbano Moraes, con el pelo larguísimo y pantalón rojo; el Pollo tocaba teclados de repente con una camiseta con agujeros; eran jóvenes de la capital. Pero justamente de lo que se trataba era de que la canción no perdiera sus raíces, por más instrumentos que tuviera. Incluso se inventó un ritmo de milonga en la batería para que no se pareciera al rock. Funcionó, porque enseguida la gente la pescó y naturalmente... Por suerte. En esas mismas presentaciones dije bueno, el primer examen está dado, ahora vamos a ver si esto funciona y se queda. Y por suerte funcionó y quedó.

-Las anécdotas sirven para recordar cosas, pero también para describir personas. ¿Qué te puede venir ahora a la mente sobre Rubén Lena?

PG -Un tipo sensacional. Un personaje. Nos dejó tanta cosa... No sólo a nivel de su creación sino a nivel de cómo comportarse con la gente, eso tan clásico que está en todos nosotros de la humildad, de la modestia, que sin embargo no es tan fácil ejercerla, llegado el momento. Pero nos enseñó que se puede y que eso es de un valor importantísimo. Nos enseñó a cómo elegir el repertorio, a darle importancia a los textos dentro de la canción y no solamente a lo lavadito que puede ser la forma musical, verdad? Yo creo que Rubén Lena fue todo; junto con Víctor Lima.

-Uno con los años ve en la tapa de los discos los nombres de Lena y Lima y los asocia como un grupo de hermanos, como que no puede separar a uno del otro.

PG -Es que -justamente- Rubén Lena escribió con las influencias de Víctor Lima. Y Lima tenía una admiración tremenda por Rubén Lena. Recuerdo que me leía lo que había escrito Lima y me decía: “¡Mirá lo que es capaz de escribir éste!”.

-¿Que se siente cantar -durante tantos años- temas como Orejano?

PG -Se siente el peso del texto, de cómo una canción o un texto o un poema pueden perdurar durante tantos y tantos años sin perder -pero nada- de lo que fue originalmente. Yo le puse música en el año ‘63, más o menos, que fue cuando le pedí a Serafín García -que vivía acá en Montevideo-. Pensaba encontrarme con un hombre tremendo, porque había escrito cosas tan tremendas, tan feroces, tan fuertes como Orejano mismo, como Umbrada. Y -sin embargo- me encuentro con una persona tiernísima, tímida. Fue realmente impactante.

Por supuesto me dio permiso para que le hiciera la música y para que la cantáramos. Desde ese momento no pudimos dejar de hacer Orejano. Hasta ahora. No solamente en la etapa de Los Olimareños sino ahora en la etapa de solista. Incluso a veces con los músicos decimos vamos a ver si ahora zafamos, nos hacemos señas. Entonces la vamos dejando de lado en el repertorio. Pero llega un momento que a lo último siempre alguien la pide. Y hay que hacerla.

-¿Qué pensás cuando parás en un semáforo en la ciudad de Montevideo, bajás el vidrio para darle propina a quienes te limpian el parabrisas y, cuando te reconocen, te llenan de palabras de afecto, de cariño, de eso que trasmite la gente al conocer que quien va al volante es Pepe Guerra?

PG -Bueno, eso creo que es el mayor premio que puede recibir un simple cantor y guitarrero como yo: el cariño de la gente. Un cariño que no es de ahora ni es de ayer, sino que es de hace 40 años. Un cariño sin altibajos. Yo creo que ése es el mayor premio. Estar en el corazón de la gente, pero a nivel popular; de todos los estratos sociales, pero fundamentalmente de la gente de abajo.

-¿Cómo describirías a un personaje como José Carbajal -El Sabalero-?

PG -Bueno, de los tantos genios que tenemos. Un personaje increíble, un tipo de lo más espontáneo. Un empecinado libertario. Somos muy amigos con El Sabalero. Fuimos muy amigos siempre. Lo conocemos desde las primeras andadas. No te olvides que viene de aquella década, también, junto con Daniel, junto con Zitarrosa. Entonces tenemos una cantidad de cosas en común. Encuentros por el mundo...

-¿Cómo fueron esos encuentros recientes con Idea Vilariño, para el disco que están preparando?

PG -Nos conocíamos de antes, siempre fuimos muy amigos. Por supuesto fui y soy un admirador de la poética de Idea Vilariño. Para mí es una de las más importantes poetisas latinoamericanas. No había querido grabar y sin embargo conmigo convinimos en hacer un disco. Ojalá me salga bien. Ojalá digo yo, porque tengo un miedo bárbaro de que pueda meter la pata. Porque la voz de ella la tengo toda grabada y para mí va a ser una cosa... de los discos más importantes que yo pueda haber hecho en mi carrera justamente por lo que es, por lo que significa Idea Vilariño.


-Escucharte decir tener miedo -después de tantos años-, tener miedo al presentar algo. La responsabilidad que hay cada vez que uno se sienta con una guitarra a componer o a grabar. Ese miedo que debe pasar, muchas veces, por la cabeza de tantos jóvenes...


PG -Sí. Yo creo que mientras se tenga ese temor, ese miedo -que no es más que responsabilidad-, yo creo que por lo menos no se ha perdido lo fundamental, que es el respeto a la gente.

 

Shangrilá, Ciudad de la Costa, 2003, foto aldo novick

 


-Ser famoso ¿cansa, se transforma en algo molesto, se pierde privacidad...? ¿Cómo lo vive Pepe Guerra?

PG -Y bueno... Es una cosa en que se gana y se pierde, como dice uno de los músicos que me acompaña. Perdés cierta privacidad pero ganas mucho afecto. Es decir, es un oficio como cualquier otro. Te puede cansar o no, como cualquier otro. Es un oficio que, por sobre todas las cosas, uno tiene la suerte de ejercerlo y que le gusta. Porque hay cantidad de gente -y más en estos tiempos que corren- que está haciendo cosas que no le gustan, y tiene que hacerlas. En ese sentido vivir de esto, vivir tantos años de esto, ser consciente de que todo lo que sos y lo que tenés se lo debés al pueblo, a la gente y que -además- eso ha sido sin intermediarios, sin sponsors, que eso no te lo dio el Estado a través de determinada cosa sino simplemente la gente común, que sacó la platita del bolsillo o para una entrada o para un casete o para un cd. De eso, sí, me siento muy orgulloso y ojalá pueda terminar mis días así, sin tener que hacer concesiones.

-Temas como Canción del estudiante, Los Orientales, Cielo del ‘69, Los dos gallos ¿te los siguen pidiendo?

PG -Sí. Los dos gallos, a veces, por ahí. Lo que más piden son Orejano, No te olvides, Tá llorando... Hay una cantidad de canciones que, por suerte, en la época que cantábamos con Los Olimareños han quedado porque con Los Olimareños grabábamos -en cada disco- una canción por separado, de cada uno, como solista. Siempre lo hicimos, no sé por qué. Eso a mí me sirvió posteriormente, porque tuve la suerte de que las canciones que yo hacía gustaron a la gente como Tá llorando, El gavilán -que la cantaba, casi toda, yo-. Eso me sirvió como base para el solista después y la gente te lo sigue pidiendo. También tuve la suerte de que la propuesta como solista funcionó. Entonces, estoy realmente cómodo y bueno, a esta altura, yo creo que es un privilegio esa comodidad.

-En tu gusto personal, ¿las milongas o los tangos?


PG -Las dos cosas. Yo soy muy tanguero, también. Porque, bueno, me crié... Mi madre cuando hacía las tareas de la casa, silbaba; chiflaba lindísimo, la Vieja. Y bueno, en aquel tiempo que no teníamos televisión, antes de la era del plástico -incluso- nos reuníamos todos alrededor de la radio. Cuando apareció la televisión, teníamos que ir al Centro, que la tenía un sólo comercio y en blanco y negro, además. Nos engañaba porque cuando decía en colores no era en colores, eran tres franjas que había: una amarilla, una azul y una verde. Pero nos reuníamos a escuchar la radio. Por supuesto, El Mago copaba; o sea que... Yo no concibo un cantor de estas latitudes que no le salga el tango, aunque sea pa’probarse.

-¿Cómo se fueron conjugando en el repertorio canciones de Rubén Lena, Víctor Lima, Aníbal Sampayo, Numa Moraes, ritmos venezolanos, motivos populares, zamba, murga y temas de Pepe Guerra, además?

PG -Y bueno, se fue dando. Pero siempre cuando se hacía algo de fuera del país, se apuntaba a la excelencia, es decir, poemas de Antonio Machado, de León Felipe, canciones venezolanas generalmente de la zona de Apure -los llanos venezolanos-, canciones que nos parecían bellísimas. Eso nos influyó mucho. Rubén Lena -que había estado ahí- había traído cantidad de discos. Y bueno, se fue dando. Yo creo que el repertorio es una parte importantísima de un intérprete. Se puede tener mucha capacidad para comunicar pero si no se tiene una buena base en el repertorio, con belleza, es imposible que dure, por más que comunique.

-¿Qué pensaste -qué pensás ahora- cuando John Lennon, en una de las etapas más importantes de Los Beatles se separa del grupo y da por finalizada una etapa?

PG -Que es una actitud valiente. Porque hubiera sido muy fácil para Lennon seguir con Los Beatles ¡eran los más famosos del mundo! Y sin embargo, bueno... Yo creo que cuando una cosa cumple su ciclo, que se desgasta, que se oxida o que se va oxidando, o que corre el riesgo de quedar perimido... Hay un tiempo para todo. Como hay un tiempo parar cortarlo y dejarlo quietito como está, dignamente, y no estropearlo después. Un poco -bueno, salvando las distancias, por supuesto- pasó con Los Olimareños.

-En uno de los últimos reportajes que le realizó un periodista norteamericano -muy poquito antes de que Lennon fuera asesinado- Lennon decía que le había entregado los mejores años de su vida
a Los Beatles y “cuando decidí alejarme me di cuenta que la gente es un poco egoísta, porque le di toda mi juventud y aun me siguen pidiendo un poquito más.”

PG -Son cosas que pasan. No te olvides que uno también antes lo que buscaba era eso: la permanencia. Y después es un poco -a lo mejor, piensa la gente- que es entregar las armas. Yo no creo que sea entregar las armas sino es que, bueno, se terminó una cosa pero se inicia otra, no?

-Tengo un texto por aquí que dice: “No me recuerden la cara, que fue mi cara de guerra...No me pregunten la edad, tengo los años de todos”. ¿Años de grandes emociones?

PG -Sin dudas la mayor emoción fue el regreso con Los Olimareños. El Estadio repleto, una fiesta que fue de la gente y solamente la gente la creó. Una pueblada, porque ni siquiera teníamos unas lonas que nos cubrieran; porque justamente no queríamos que existiera ningún sponsor ni que fuera apadrinada por nadie la llegada de Los Olimareños. Fue de las grandes, grandes emociones. Pero no solamente el espectáculo, con todos los problemas que tuvo; que llovió, no teníamos con qué taparnos -en un momento me cayó un chorro de agua adentro de la guitarra-, sino las demostraciones de cariño de la gente en la caravana que se hizo del aeropuerto al Estadio.

Era tremendo. Llegamos desechos, porque la gente te agarraba, te amasijaba la cara, te apretaba las manos, te dejaban los dedos... Y no era uno, eran cientos y cientos. Fue curioso, porque nos tuvimos que ir a Buenos Aires y nos contaban que habían habido algunos que habían criticado el espectáculo. Cosa que nos dio mucha pena porque ya nos estábamos yendo, no estábamos acá para salir a decir “Bueno, pero mirá que no podíamos afinar la guitarra porque estaba mojada...”. Porque fue poca la gente que criticó -que además estaba en su derecho a criticar-. Lo mejor de todo fue cuando la gente empezó a cantar -que acá no se usaba cantar colectivamente- y empezó a cantar todas las canciones, se conocía todas las letras; no se habían olvidado de NADA, ni nadie les había hecho olvidar el canto de Los Olimareños ni del de ninguno de los artistas que se tuvo que ir.

-Te doy otro nombre: Numa Moraes.

PG -A Numita lo conocí en Tacuarembó -en una de esas tantas idas que teníamos Los Olimareños- en el estadio de fútbol. Nosotros teníamos en aquel momento la vinería De Cojinillo -una peña-, y le dije que se viniera. Fue una de mis grandes “adquisiciones” Numita, como Tabaré Etcheverry también. Numa enseguida empezó a estudiar guitarra con Daniel y bueno, mira lo que salió, no?

-¿Llegaste a cantar en La Claraboya Amarilla?


PG -Sí, una vez, pero no había función. Estábamos con el flaco Zitarrosa, nomás, tomando algo y... Fue lindísimo...

 

Noatas publicadas en tranvias.uy sobre Los Olimareños:

 

http://www.tranvias.uy/musica/item/los-olimarenos.html

 

http://www.tranvias.uy/letra/entrevistas/item/los-olimarenos-1984.html

 

 

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